Al otro lado de la hoguera

Quería huir. Abrió la puerta y la noche la recibió cálida. Se adentró en ella. Le embelesaba el perfume que exhalaba la tierra. El olor a madera. La fragancia sutil de los jazmines. El aroma intenso de los anturios. La oscuridad la tranquilizaba. Sus sonidos le apaciguaban los miedos y le incentivaban la imaginación. Se dejó seducir por los murmullos nocturnos de la naturaleza. Algún día aprendería su lenguaje, pensó mientras caminaba por la angosta senda que, zigzagueante, acompañaba el trazado del río. Una ráfaga de viento llevó hasta su oído los dulces arrullos de un grupo de gnomos cantarines. Supo, entonces, que las vería. Su instinto le dijo que esa noche lograría verlas y se escondió detrás de unos matorrales. Allí estaban ellas. Minúsculas y bellas. Decenas de hadas que reían, bailaban y realizaban insinuantes piruetas alrededor de las juguetonas llamas de una hoguera. Allí estaba ella también.
Pero el mundo que amaba finalizaba con la primera luz del amanecer. Pues, el amanecer, al contrario de la noche, le producía angustia. Una angustia que se iba multiplicando, día tras día, cuando la luz de la mañana la obligaba a enfrentar una realidad que no comprendía, que no deseaba, que no era de ella. Una realidad que la hostigaba y de la que precisaba esconderse. Se ocultaba detrás de unas gruesas gafas de bibliotecaria, un sombrerito de media ala, una falda marrón, una blusa beige y unos zapatos abotinados con cordones.
No, no penséis que temía la soledad. Nunca la había temido. Al menos no lo recordaba. Sentía, eso sí, un vacuo profundo en el pecho. Un vacío que le transbordaba la mirada. En realidad, lo que más temía era su propia cerrazón. Ella se conocía. Era así desde siempre. Ya estaba acostumbrada. Los vecinos no. Por eso chismorreaban por las escaleras, murmuraban en el supermercado, cotilleaban en el Centro de Salud… “Es de otro planeta”, decía un vecino en la frutería. “Las gafas esconden una mirada mortal”, comentaba un segundo en la farmacia. “Parece una olla a presión, cualquier día va a explotar”, aseguraba un tercero en la tienda de ultramarinos.
No, no pensaba volver. Aquella noche había cerrado la puerta por última vez. Huiría a su bosque y a su río. Viviría con sus gnomos y sus hadas. Abandonaría todo lo que nunca había deseado. Había decidido escapar y escaparía.
¿Escaparía? ¿Escaparía de quién? Desde lo alto, una luna menguante observaba sus movimientos. ¿Escaparía de quién?, insistió en voz alta, si estaba sola. ¡Si siempre estuvo sola!
¡Escaparía de mí!
Sin conseguir detenerlo, su grito escaló las cuerdas vocales se acomodó por un instante en el cielo de su boca y, enseguida, resurgió impetuoso y vehemente como un proyectil: ¡Escaparía de mí!
Fuegos artificiales volaron en busca de ese universo inmenso, infinito e inabarcable que la invadía, la sofocaba, la subyugaba y la atraía como un imán. El rumor del agua acompañaba sus suspiros.
En un claro del bosque, alrededor de una hoguera de alegres llamas, un nutrido grupo de gnomos y hadas aguardan su llegada para conmemorar el solsticio de verano.
Desde este lado de la noche, una voz grave y aterciopelada también incitaba a los mortales a disfrutar de la fiesta: Al otro lado de la hoguera podrás saltar, que hoy es la noche de San Juan. El portal permanecerá abierto hasta el sol rallar, que hoy es la noche de San Juan. Viva la danza y los que en ella están…
La buscaron durante meses, cuando notaron su ausencia, pero nunca la encontraron. Algunos, entre bisbiseos y susurros, comentan que todos los años, por la noche de San Juan la escuchan cantar: Viva la danza y los que en ella están que hoy es la noche de San Juan. Los dos lados del camino podrás andar, porque hoy es noche de San Juan. Viva la danza y los que en ella están… ¡Ay, qué ganas de pecar, Señor San Juan!

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