Un amor de vecinas

Sentía envidia, sí. Mucha. Su piel tenía un cierto tono verde oscuro de pura envidia. Lo había conquistado a pulso, no lo dudéis. Era perseverante, la señora. Al menos, en eso, lo era. Pasaba las veinticuatro horas del día detrás de las cortinas de la ventana, observando el quehacer de los vecinos y destilando bilis por la comisura de los labios. No sabía vivir de otra manera. A veces pienso que ni dormir, dormía. ¿Por qué los demás sí y ella no?, se repetía cientos de veces al día. Sus palabras estaban revestidas de amargura. Su mirada era triste. Hasta su postura parecía atribulada. Vamos, que Dolores era la más perfecta imagen de la aflicción. Sí, para más inri, se llamaba Dolores. ¿Qué por qué lo sé? Soy su vecina de puerta y, además, la ventana de mi cocina mira directo a la suya. Así que, cuando no nos vemos mientras tendemos la ropa, nos intuimos por detrás de los visillos.
Yo la oía imprecar desde el amanecer y me desagradaba. Ella me oía cantar a pleno pulmón y le desagradaba aún más. No sé si ya os comenté que, a mí, mientras cocino o lavo la loza, me gusta cantar. Siempre me gustó. Pero, desde que percibí lo mucho que a ella le irritan mis cantorías, me gusta todavía más. Generalmente canto las mismas coplas que cantaba mi madre cuando realizaba esas mismas faenas. Un día, hace ya algún tiempo, estaba yo enfrascada en mis labores culinarias y, casi sin darme cuenta, comencé a cantar. Las coplas iban surgiendo indiscriminadamente y, a cierta altura, entre un ajo y un pimentón, canté “Dame limosna de amores, Dolores, dámela por caridad…” Me llamó de todo menos guapa y resaltó que ella a mí, por no darme, no me daría ni la hora. De cualquier manera, tengo certeza de que sus padres le pusieron ese nombre con la mejor de las intenciones. Ni se imaginaban que había nacido predestinada.
Me preguntas si era hermosa. Mucho. De una belleza seductora, pero ella no lo sabía y caso lo supiese, parecía ignorarlo o, quién sabe, sufrirlo. “Ay, señor del gran poder, ¿qué te hice yo para merecer tanto desasosiego?”, se preguntaba todas las mañanas, mientras se miraba al espejo. Alguno rompió, sin importarle los siete años de desdichas. “¿Por qué -repetía una y otra vez- siento esta pesadumbre que, cual tenaza, me oprime el pecho y no me deja respirar?”.
Un alma compasiva le habló de los beneficios de la meditación y, de hecho, durante las primeras semanas la sentí más serena, menos pendiente de los demás. Hasta llegamos a pensar que se había enamorado. Nos equivocamos. La meditación que, en un principio la tranquilizaba, con el paso del tiempo le provocó ansiedad. Fue la época que más espejos rompió, “no quiero verme”, gritaba desasosegada mientras corría posesa hacía la ventana de la sala.
Otro día escuchó el comentario de una vecina sobre el bienestar que el deporte le proporcionaba, al activar las tales hormonas de la felicidad, y se apuntó a un gimnasio. Pero lo único que consiguió sentir allí fue envidia. Envidia del cuerpo modelado de la profesora; envidia de la flexibilidad de la compañera de yoga; envidia de la velocidad que alcanzaba la joven que corría en la caminadora de al lado; envidia de la constancia de las chicas del spinning. El tono de verde de su piel se tornó más intenso. Volvió para casa y cerró la puerta con llave. El mundo no la merecía. Lo único que en aquellos días parecía consolarla era espiar a los vecinos, escondida tras la cortina de la sala.
“Míralos que felices parecen”, me comentó, así, sin más ni menos, una mañana mientras tendía la ropa. “¿Quiénes?”, pregunté levantando la vista y mirándola. “Los vecinos del tercero”, susurró indecisa, mientras que, con la cabeza inclinada, intentó mantener mi mirada sin conseguirlo. Enseguida, antes de que me diese tiempo a abrir la boca, cerró la ventana apresuradamente. Luego, estuvo un buen rato detrás de las cortinas observando mis movimientos.
Sé que intentó comprender ese sentimiento que, además de producirle dolor, la mantenía encadenaba a sí misma. Sé que intentó liberarse sin conseguirlo. “Lo tengo adherido a la piel y a las entrañas”, se martirizaba, mientras restregaba el cuerpo con piedra pómez. Despreciaba lo que tenía y deseaba lo que sabía que nunca podría tener. Aquello era una enfermedad. Estaba enferma. Tan enferma que no podía convivir con quien quiera que fuese. No tenía amigos. Cualquier logro ajeno la ponía a morir. Primero pensó en suicidio, pero no tuvo valor. Después decidió que viviría sola en algún lugar solitario. Quién sabe, caviló, si no veo lo que los otros tienen, consigo ser feliz con lo que tengo yo.
Ese día llamó a mi puerta. Miré por la mirilla y la vi. La maleta descansaba encima del felpudo. Estuve a punto de ignorarla. Pero sé que, con el tiempo, me hubiera arrepentido. Así que, sin más vueltas, abrí la puerta de par en par. Confieso que, al hacerlo, sentí un desagradable hormigueo en la sien y que, al verla tan aparentemente desvalida en el rellano, el furor que ella me provocaba me inundó las mejillas. Para no explotar, conté hasta veinte. Después levanté la vista y la encaré. Sus ojos observaban los propios zapatos. Su piel cetrina combinaba con el jersey verde musgo que llevaba puesto. Con el rabillo del ojo avisté el color rojizo de mi camisa e imaginé la tonalidad sonrojada que invadía mi propio rostro. Envidia y rabia frente a frente, pensé, liberando la carcajada que se empeñaba en salir.
Me voy, dijo ella. Puedes reírte hasta reventar. No te voy a molestar más con lo que tú llamas de mis argucias, chismes y patrañas.
Quédate, le espeté yo, en un impulso. ¿Con quién me voy a pelear si tú te vas?
No se fue. Nunca más llamó a mi puerta. Tampoco volvimos a conversar. A veces, mientras tiendo la ropa, le canto la canción de Dolores. Entonces ella sale de detrás de la cortina, me mira de reojo y sonríe.

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