Un amor de vecinas III

Llegará un momento, más temprano que tarde, en el que se mirarán y percibirán que una es el espejo de la otra y viceversa. Soy capaz de apostar cualquier cosa, sí, cualquier cosa. Porque, aquí entre nosotros, sí Piedad es Implacable, Dolores es despiadada. Y si Dolores es rencorosa, Piedad es resentida. Sí, ya sé, por el tenor de mis palabras, pensáis que yo no me quedo atrás. No, no os cortéis. ¿Creéis que ya no lo he pensado? Incluso, en ocasiones, se me ocurre que, quizás, la peor de las tres sea yo. ¿Qué quién soy? A ver, cómo os lo podría decir. Yo soy una especie de voz de la conciencia o, mejor aún, soy la narradora. Vamos a dejar a esa tal conciencia en paz.
Por supuesto que ellas ni me conocen, ni saben quién soy. A veces nos cruzamos por la escalera, que por algo vivimos en el mismo edificio. Incluso, en un par de ocasiones, subimos juntas en el ascensor. Pero ellas viven tan ensimismadas en esas tales circunstancias, de las que ya nos habló suficientemente Ortega y Gasset, que son incapaces de ver nada que no sean ellas mismas.
Aunque, puede ser, que no hayan percibido mi existencia porque vivo recluida en mi piso desde mucho antes de ellas pensar en vivir aquí y, por no hacer, ya no hago parte ni del paisaje, cuánto más de las reuniones de vecinos. Yo a ellas sí que me las conozco muy bien. Las conozco tanto, que me atrevo a decir que es la crueldad, y no el tendal, lo que las mantiene unidas.
En la actualidad, las dos están añosas. Debo reconocer, si deseo ser justa, que se conservan mejor que muchas mujeres de su generación. Tal vez esa obsesión que, como un resorte, las impulsa de la cama todas las mañanas, con el único propósito de rumiar y cavilar nuevos tormentos que amarguen la vida de la vecina, sea la misma que les paraliza el envejecimiento. En fin, en el fondo no son más que dos niñas, perversas, sí, pero niñas, al fin y al cabo.
Mi caso es diferente. Sus tejes y manejes me distraen. No puedo negarlo. Incluso, me deleitan, pero de una manera más metafísica e intelectual. Ellas avivan mi curiosidad, activan mis neuronas. Me revitalizan. Lo que ellas no saben y yo no les pienso decir, es quién tira de los hilos que conducen sus vidas de marioneta. Osáis adivinar quién antevé posibles infortunios, proyecta escenarios apropiados, mentaliza escenas o planifica argumentos. Jamás lo sospecharíais. Ellas tampoco.
Y si os dijese que quién escribe, corrige y reescribe el guion, hasta considerarlo medianamente verosímil; quien teje los intricados nudos de la telaraña de insidias en donde siempre se quedan pegadas; quien manipula y dirige sus actos, desde un sillón a pie de ventana, sin que ellas lo perciban, soy yo. Yo, la mujer invisible, que nunca sale de casa.
Podría deciros que tanto Dolores cuanto Piedad son obras mías. Productos de mi imaginación, a los que he dado cuerpo, sentimientos, pasiones, pudores y algunos vicios. Podría deciros también que son ellas quienes me crearon, que, sin ellas, yo jamás existiría. Deciros que, en última instancia, yo soy la secuela de sus frustraciones, el corolario de sus intrigas y la materialización de sus pensamientos.
También os podría contar que mi vida comenzó el día en que esas dos mujeres, cada una por su lado, llegaron a este edificio y tuvieron su primer enfrentamiento. Sí, desde ese día, nuestras vidas se confunden. Ya llegué a pensar que la mía transita por las entrelineas de las suyas. Ellas tienen mucho de mí. Pero yo, a cada día absorbo más de ellas. Casi podría aseverar que las saboreo.
Llegué a pensar en la posibilidad de, finalmente, salir de la sombra y presentarme un día en su casa. Sí, en la de las dos al mismo tiempo. Primero llamo al timbre de la derecha y después al de la izquierda. ¿Os imagináis una de cada lado y yo en el medio? Ah, qué queréis saber qué disculpa he inventado para presentarme allí. Os lo diré, calma. Primero debo reconocer que no me ha sido fácil. He cavilado bastante. El tiempo nunca me preocupó. Es lo único que tengo de sobra. Os juro que he sudado almohadas, durante mis largas noches de insomnio, pensando en ellas; que he rumiado ideas y posibilidades, hasta freírme literalmente los pensamientos, para llegar a una conclusión. Tranquilos, no me mortifiquéis, ya os la voy a contar.
El día de Navidad me vestiré de mamá Noel, bajaré a su piso y llamaré a sus puertas. Sé que estarán solas. Dolores, como siempre, observará la calle con la nariz pegada al cristal. Piedad, en su cocina, preparará un tente en pie, mientras canta a pleno pulmón para no llorar. Demoraran. Pensarán tres veces antes de abrir la puerta, pero abrirán y la abrirán al mismo tiempo. La curiosidad de los necios es la aliada de los perseverantes. Y cuando las abran, allí estaré yo y, en nombre de todos los vecinos, les regalaré unas cuerdas nuevas para el tendal.

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