El marido de Muriel

No consigue andar. El sopor aletarga sus miembros. Sus dedos no se mueven. Sabe que el sol merodea su ventana. Pero no lo ve. Tampoco la niebla. Solo percibe el silencio. Se esfuerza para intuir lo que no entiende. ¿Cómo puede alguien ver lo que no existe? ¿Y yo, existo? Un escalofrío recorre su espalda. Una garra comprime su estómago, estruja su corazón, presiona su garganta. ¿Será miedo? Una voz hermética le susurra al oído: sí, es el miedo. El miedo y la soledad.
Estás enloqueciendo, se dijo a sí mismo. Desde que murió Muriel la casa le viene grande, se pierde por los corredores, tropieza en las escaleras. Piensa que el dormitorio murmura viejos lamentos, que la cama lo engulle. Me está masticando, grita. Corre hacia la ventana, pero las cortinas lo amordazan y las persianas están atoradas. Sus gritos se fosilizan en ininteligibles gruñidos inconexos, que rebotan contra las paredes y se mezclan con el eco de antiguas conversaciones. Hasta los muebles están llenos de sombras que se balancean y bailan y derraman recuerdos sobre las alfombras. Estoy aquí. ¡Aquí! ¡Miradme! ¡Os digo que me miréis! Un rayo de sol juguetea con los dibujos de la colcha. ¡Miradme! ¡He dicho que me miréis! ¡Estoy aquí! Pero solo el silencio rebota contra su pecho como una carcajada.
Entró con ella en brazos. Acababan de casarse. La guerra había terminado. La vida vibraba en cada rincón y ellos soñaban sueños de futuro. El tiempo vuela, le comenta una foto que, amarillenta, reposa encima del aparador. ¿Qué pasó con nosotros, con nuestros sueños? Le pregunta una Muriel vestida de novia, desde la fotografía que preside la sala de estar. Las guerras nunca acaban, le responde. Apenas se esconden, concuerda ella. Continúan dentro de nosotros, agarradas a nuestras vísceras, escondidas en nuestras arterias, agazapadas en nuestro corazón… La nuestra nunca se acabó. La vivíamos cada vez que oíamos el estruendo de cualquier tormenta, cada vez que nos mirábamos a los ojos, cada vez que percibíamos en otras miradas, el resplandor de nuestro propio miedo.
No sabe qué día es, ni qué año. Tampoco le importa. El tiempo no existe… Sin Muriel, sólo la nada. Estaba embarazada. Iban a tener un hijo. Compraron una cuna. La vida revoloteaba nuevamente. La vida era más fuerte que cualquier guerra. Se sentían alegres, casi felices. Pintaron de amarillo la habitación. Pero la vida es un lapso, a veces un soplo y a veces nada. Al final, la vida siempre se desvanece, susurra una voz desde el aparato de radio. Lloraron cuando perdieron el primero, volvieron a llorar en el segundo y en el tercero… después se les secaron las lágrimas. Ojos yermos. Vientre vacío. Estaban resentidos, odiaban la vida y se despreciaban. Dejaron de salir, de hablar. Apagaron las luces. Cerraron las ventanas. Solo conservaron la guerra.
Pasaban los días sumergidos en una interminable y silenciosa batalla. Una batalla que, paradójicamente, Muriel venció al morir. Te quedas solo, murmuró con un hilo de voz, no tendrás más remedio que batallar con tu propia sombra y esa, querido mío, si la sabes luchar, será la más difícil y sublime batalla de tu vida, pues más que cuerpo a cuerpo, será alma a alma. Ojalá consigas ser magnánimo y compasivo con el contrincante de esa sutil contienda. La gran batalla, amado mío, uno la lucha en soledad. Le entregaron las cenizas una semana después. Las cenizas de Muriel reposaban dentro de un cáliz. No sintió nada al recogerlas. No sintió nada al dejarlas sobre el tocador del cuarto amarillo que jamás fuera utilizado. No sintió nada al cerrar la puerta con llave. No sintió sus gritos fosilizados rebotando por las paredes. No sintió el contoneo de los muebles, ni los recuerdos derramados sobre las alfombras.
Él era apenas una sombra, un lapso, un paréntesis, un soplo que se deshace con el viento y desanda el camino, paso a paso, hasta percibir que se le marchitaron todas las palabras. Por favor, Muriel, estoy cansado de luchar. Aparta de mí las imágenes vacías de los espejos. Los días no amanecen y yo veo el calendario del revés. Un día menos, se dijo casi feliz, a la espera de una dulce noche sin mañana.
Luego, desnudo ya de palabras, el marido de Muriel abrió la boca. Desde el otro lado del silencio, las pocas letras que aún insistían en existir se entrelazaron en un gemido que, cual deshojada hoja seca, sucumbió sobre las blancas sábanas del lecho matrimonial.

título pintura: Retrato anónimo de un hombre solo

Autor: Pio César Robla Álvarez

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