Manuel y María

 

Nunca nadie miró a María como la miraba Manuel. No recordaba cuando lo había conocido, se conocían desde siempre. Sí lo recordaba sentado sobre la losa que había a la entrada de la casa de su abuela, con sus pies grandes y no demasiado limpios, apretados dentro de unas alpargatas de lona. Lo recordaba con la cabeza inclinada, para protegerse de los rayos del sol de agosto, y mirándola absorto a través de las pestañas, ¿quieres jugar conmigo al escondite? Lo recordaba en el patio de la escuela reservándole un columpio y una sonrisa o esperándola a la salida, con la disculpa de que ella era demasiado menuda para cargar con esa maleta tan grande. Lo recordaba comprando dos helados pequeños, cuando su madre le había dado dinero para uno grande. Lo recordaba, porque apenas con los años de la infancia que habían pasado juntos, tenían recuerdos suficientes para llenar una vida entera.
¿Qué piensas María? No pienso en nada Manuel, pero tengo miedo. Aquí en el pueblo las cosas parecen calmas, pero mi hermano me ha dicho que en la capital la gente se está tirando a la calle. Unos a favor del gobierno, otros en contra. Tranquila mujer que no va a llegar la sangre al río. Anda, anímate, vamos a dar un paseo por el parque. Caminaban uno al lado del otro, muy juntos, pero sin tocarse. Lo último que deseaba Manuel era que el nombre de María cayese en la boca amarga de las beatas. A ratos se paraban para conversar, entonces Manuel aprovechaba para mirarla como solo él sabía hacerlo.
Eres demasiado optimista, aseguraba nerviosa María. No hace falta leer el periódico para sentir que los ánimos están cada vez más exaltados. Hoy don Nicanor, durante la homilía, dijo que la ley de divorcio aprobada por el gobierno era cosa del demonio, ¿no lo escuchaste? Claro que lo escuché, como para no oír su voz de trueno. Y, pregunto yo, ¿qué sabrá él de amor o de vida matrimonial para meter sus narices en esos asuntos? En lugar de colocar penitencias a diestro y siniestro o de llamar a las mujeres de pecadoras, tendría que escuchar a quienes se acercan a su confesionario en busca de consejo y consuelo. Dile eso a mi prima Maruja, que la expulsó del confesionario, cuando le respondió que al único demonio que ella había conocido en esta vida era la mala bestia del Cipriano, con quien tuvo que dormir durante más de tres años. No, no te rías que es verdad. No me rio. No se rieron más.
Habían quedado de encontrarse en la taquilla del único cine del pueblo. Querían ver El secreto de vivir, de Frank Capra. La película tenía buena crítica y, además, actuaba Gary Cooper, su actor favorito, y Jean Arthur, que lo traía loquito a él. Esperó a Manuel hasta el último minuto, pero al ver que no llegaba, entró pensando que, quizás, ya estuviese dentro. No lo encontró. Se sentó en una butaca y vio la película sola. Le gustó, pero sin él no era lo mismo ¿Por qué no viniste Manuel?
La guerra era una cicatriz abierta que nadie sabía cómo suturar. Dividió el pueblo en dos. Manuel se marchó a las trincheras. María al monte. Una enorme sima los separaba. Sabía que a él le había tocado ir al frente de Extremadura.
Ella cocinaba y cuidaba de los heridos del ejército republicano, mientras tarareaba el himno de Riego. Sabía de las andanzas de Manuel por un primo suyo versado en letras, que antes de la guerra estudiaba para cura en Madrid y ahora se había echado al monte. Era él quien leía una y otra vez a la angustiada madre, las pocas cartas que recibía de su hijo.
Supo que, durante la batalla de Badajoz, una masacre que costó la vida a miles de civiles, en la que fue ascendido a sargento del ejército rebelde, sus correligionarios lo llamaron héroe. Los demás, carnicero. ¿Dónde estás Manuel?
Ya Manuel no sabía nada de María, aunque intuía que continuaba siendo fiel a la República.
Al acabar la guerra él pudo salir de la trinchera y volver al pueblo. Ella continuó luchando en las montañas. Las guerras no finalizan el mismo día para todos.
Al principio intentó buscarla. Quería pedirle que regresara al pueblo con él. Tal vez por ingenuidad, quizás por jactancia, pensaba que su uniforme de sargento y sus medallas de campaña conseguirían salvarla. ¡No seas cándido Manuel!
El tiempo pasó. Cambió el uniforme de sargento por el de guardia civil y rehízo su vida sin ella. Casi la olvidó. España también debía olvidar, ni que fuera por decreto. Y mientras la prensa informaba de la paz que reinaba en la piel de toro, de la guerra que arrasaba Europa y Pepe Blanco cantaba “Cocidito madrileño” en la radio, para los maquis la guerra civil aún no había terminado.
Los encontraron en una encrucijada. Estaban hambrientos y enfermos. Se dejaron coger. Fueron a juicio sumario y de allí al paredón. Lo llamaron a él. Estaba de guardia. Llegó junto con otros seis compañeros de cuartel. El grupo maltrapillo ya estaba contra el muro. Ella también. La reconoció al instante. Estaba envejecida, pero era ella. La miró como siempre la miraba. Durante todos esos años había guardado esa mirada para ella. ¿Por qué? Dios ¿Por qué tenía que ser así? Ella también lo miró. Le sonrió como cuando era niña y, como cuando era niña, colocó la mano sobre el corazón. Él continuó mirándola como solo él sabía hacerlo, mientras daba las órdenes al pelotón.
Nadie volvería a mirar a María, como la miraba Manuel.

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