Por las ventanas

 

No sabe si tiene miedo. Posiblemente sí. Todos lo tenemos. Vivimos días de confinamiento e inseguridad. No recuerda otro momento en el que los humanos estuviéramos, a un mismo tiempo, tan unidos y aislados; tan rebosantes de empatía y tan repletos de indiferencia. Los casi dos meses que llevamos encerrados en nuestra casa ha sacado a la luz lo mejor y peor que llevamos dentro. Finalmente hemos visto la cara que el espejo se niega a mostrar. Cuando estamos encerrados con nosotros mismos las armaduras se desintegran y el miedo aparece, me dijo el otro día en un whatsapp.
Yo le respondí que estábamos acuartelados, porque, a final de cuentas y como nos aseguraban las autoridades, esto es una guerra. Una guerra contra un enemigo cruel e invisible. Una guerra en la que nuestra mejor estrategia, además de lavarse las manos, era recluirse en el cuartel, es decir, en casa. Una guerra en la que, en lugar de guerrear entre nosotros, nuestro foco debería ser el enemigo común.
Entonces me contó que se levanta temprano, más por hábito que por disciplina y, aunque todos los días mira religiosamente la fecha en el calendario, una voz dentro de su cabeza le dice que el de hoy es un día semejante al de ayer y posiblemente muy parecido al de mañana. Eso dependerá de mí, rumia para sus adentros mientras se pone las zapatillas, sin querer darle oído a sus fantasmas.
Seguidamente abre las cortinas y el sol entra de sopetón en la habitación, cegándola. Es una ceguera blanca que le recuerda la que sufrían los protagonistas del libro de Saramago. Cavila sobre las diferencias que pueden existir entre este tipo de ceguera, poblada de luces irisadas, y la provocada por la oscuridad, pero no llega a una conclusión. Restriega los ojos para familiarizarse con la luminosidad de la mañana y, mientras lo hace, intenta percibir sus sentimientos. La duda permanece. No sé si tengo miedo, verbaliza en voz alta. ¿No dicen que la muerte es quien da sentido a la vida?, pregunta sin esperar ninguna respuesta.
En el jardín dos colibríes revoloteaban sobre los hibiscos. Andan siempre en pareja, sin que nadie les obligue a confinarse. Les sigue con la mirada. Desde la cocina le llega el olor del café que prepara su marido. Un bando de cotorras pasa alborotando la mañana y se posan sobre el tejado. Por el pasillo cuenta los pasos y los días vividos. La casa tiene memoria y las paredes están pobladas de recuerdos. Entra en la cocina convencida de estar en el mejor lugar para vivir un confinamiento.
Sentada en la mesa con una taza de café entre las manos, un ruido extraño llama su atención y le hace girar la cabeza. Enganchado a los visillos, un saltamontes parece espiarla. Intuyó que el animalito le pedía ayuda. Dedujo que se había quedado preso y estaba angustiado porque no conseguía salir. Te voy a ayudar, no te preocupes. Tú no precisas guardar cuarentena ninguna y mucho menos quedarte confinado aquí conmigo, le iba explicando mientras se acercaba lentamente al chapulín. Se sintió feliz cuando, encima de un libro, consiguió transportarlo a la libertad del jardín.
Hoy cambiaron todas mis prioridades, escribió en su agenda al regresar. Luego agarró una botella de lejía y limpió todo con sumo cuidado: ella y su sombra; ella y su imagen en el espejo, ella y sus circunstancias. A continuación, limpió todos los rincones de esa casa que, aunque fuese suya sabía que no lo era, porque nada es nuestro, se dijo a sí misma, todo es prestado, hasta la vida.
Un día me comentó que le agradaba el silencio. Dentro del silencio se escucha, se observa, se lee… Dice que disfruta de las tardes de lectura en la terraza, con los bienteveos revoloteando sobre el césped y las mariposas aleteando sobre las flores. Pero me confesó que a veces el jolgorio le impedía concentrarse y no le quedaba más remedio que alzar la cabeza y mirar. En ese instante, me aseguró, la naturaleza entraba de golpe por la ventana, le inundaba los ojos, le empapaba el alma y ella descubría sus milagros: un tucán sobre la rama de uno de los árboles de la casa vecina, una pareja de gavilanes sobrevolando el atardecer, una iguana caminando perezosa en dirección a unos matorrales próximos, una familia de monos sentados sobre los cables de alta tensión, saboreando unas bananas.
Cree que ese es el motivo por el que siempre le gustaron las ventanas. Desde niña, me aseguró. Antes de comprar una casa, me siguió explicando, contaba sus ventanas, las abría de par en par, miraba lejos, contemplaba la calle, observaba los transeúntes y, si, además, tuviese balcones o terrazas… entonces era la gloria.
En su opinión, esa casa, la suya, era especial. Sus ventanas no se abrían a una calle. Sus ventanas se abrían al planeta, a la naturaleza, a Gaia. ¿Consigues verlo?, me preguntó un día extasiada, al compartir conmigo una foto que acababa de sacar. Pero al percibir en el cielo una nube con una forma que a ella le recordaba un ángel, se queda callada. Sin dilación coloca el libro sobre la mesa, abre todas las ventanas de par en par y respira.
En un cielo vestido de intenso azul, una pequeña nube la observa.



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