El colibrí

Me duele el aleteo del colibrí
que vuela entre secas flores
de agua azucarada plastificada.
Me entristece la angustia
de la flor abandonada,
sin néctar, pistilos o alegría.
El jardín cruje otoños,
la vida se vuelve opaca
y el colibrí, ahora inerte
sobre una flor de hibisco,
percibe que, en breve,
se olvidará de volar.

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Un amor de vecinas

Sentía envidia, sí. Mucha. Su piel tenía un cierto tono verde oscuro de pura envidia. Lo había conquistado a pulso, no lo dudéis. Era perseverante, la señora. Al menos, en eso, lo era. Pasaba las veinticuatro horas del día detrás de las cortinas de la ventana, observando el quehacer de los vecinos y destilando bilis por la comisura de los labios. No sabía vivir de otra manera. A veces pienso que ni dormir, dormía. ¿Por qué los demás sí y ella no?, se repetía cientos de veces al día. Sus palabras estaban revestidas de amargura. Su mirada era triste. Hasta su postura parecía atribulada. Vamos, que Dolores era la más perfecta imagen de la aflicción. Sí, para más inri, se llamaba Dolores. ¿Qué por qué lo sé? Soy su vecina de puerta y, además, la ventana de mi cocina mira directo a la suya. Así que, cuando no nos vemos mientras tendemos la ropa, nos intuimos por detrás de los visillos.
Yo la oía imprecar desde el amanecer y me desagradaba. Ella me oía cantar a pleno pulmón y le desagradaba aún más. No sé si ya os comenté que, a mí, mientras cocino o lavo la loza, me gusta cantar. Siempre me gustó. Pero, desde que percibí lo mucho que a ella le irritan mis cantorías, me gusta todavía más. Generalmente canto las mismas coplas que cantaba mi madre cuando realizaba esas mismas faenas. Un día, hace ya algún tiempo, estaba yo enfrascada en mis labores culinarias y, casi sin darme cuenta, comencé a cantar. Las coplas iban surgiendo indiscriminadamente y, a cierta altura, entre un ajo y un pimentón, canté “Dame limosna de amores, Dolores, dámela por caridad…” Me llamó de todo menos guapa y resaltó que ella a mí, por no darme, no me daría ni la hora. De cualquier manera, tengo certeza de que sus padres le pusieron ese nombre con la mejor de las intenciones. Ni se imaginaban que había nacido predestinada.
Me preguntas si era hermosa. Mucho. De una belleza seductora, pero ella no lo sabía y caso lo supiese, parecía ignorarlo o, quién sabe, sufrirlo. “Ay, señor del gran poder, ¿qué te hice yo para merecer tanto desasosiego?”, se preguntaba todas las mañanas, mientras se miraba al espejo. Alguno rompió, sin importarle los siete años de desdichas. “¿Por qué -repetía una y otra vez- siento esta pesadumbre que, cual tenaza, me oprime el pecho y no me deja respirar?”.
Un alma compasiva le habló de los beneficios de la meditación y, de hecho, durante las primeras semanas la sentí más serena, menos pendiente de los demás. Hasta llegamos a pensar que se había enamorado. Nos equivocamos. La meditación que, en un principio la tranquilizaba, con el paso del tiempo le provocó ansiedad. Fue la época que más espejos rompió, “no quiero verme”, gritaba desasosegada mientras corría posesa hacía la ventana de la sala.
Otro día escuchó el comentario de una vecina sobre el bienestar que el deporte le proporcionaba, al activar las tales hormonas de la felicidad, y se apuntó a un gimnasio. Pero lo único que consiguió sentir allí fue envidia. Envidia del cuerpo modelado de la profesora; envidia de la flexibilidad de la compañera de yoga; envidia de la velocidad que alcanzaba la joven que corría en la caminadora de al lado; envidia de la constancia de las chicas del spinning. El tono de verde de su piel se tornó más intenso. Volvió para casa y cerró la puerta con llave. El mundo no la merecía. Lo único que en aquellos días parecía consolarla era espiar a los vecinos, escondida tras la cortina de la sala.
“Míralos que felices parecen”, me comentó, así, sin más ni menos, una mañana mientras tendía la ropa. “¿Quiénes?”, pregunté levantando la vista y mirándola. “Los vecinos del tercero”, susurró indecisa, mientras que, con la cabeza inclinada, intentó mantener mi mirada sin conseguirlo. Enseguida, antes de que me diese tiempo a abrir la boca, cerró la ventana apresuradamente. Luego, estuvo un buen rato detrás de las cortinas observando mis movimientos.
Sé que intentó comprender ese sentimiento que, además de producirle dolor, la mantenía encadenaba a sí misma. Sé que intentó liberarse sin conseguirlo. “Lo tengo adherido a la piel y a las entrañas”, se martirizaba, mientras restregaba el cuerpo con piedra pómez. Despreciaba lo que tenía y deseaba lo que sabía que nunca podría tener. Aquello era una enfermedad. Estaba enferma. Tan enferma que no podía convivir con quien quiera que fuese. No tenía amigos. Cualquier logro ajeno la ponía a morir. Primero pensó en suicidio, pero no tuvo valor. Después decidió que viviría sola en algún lugar solitario. Quién sabe, caviló, si no veo lo que los otros tienen, consigo ser feliz con lo que tengo yo.
Ese día llamó a mi puerta. Miré por la mirilla y la vi. La maleta descansaba encima del felpudo. Estuve a punto de ignorarla. Pero sé que, con el tiempo, me hubiera arrepentido. Así que, sin más vueltas, abrí la puerta de par en par. Confieso que, al hacerlo, sentí un desagradable hormigueo en la sien y que, al verla tan aparentemente desvalida en el rellano, el furor que ella me provocaba me inundó las mejillas. Para no explotar, conté hasta veinte. Después levanté la vista y la encaré. Sus ojos observaban los propios zapatos. Su piel cetrina combinaba con el jersey verde musgo que llevaba puesto. Con el rabillo del ojo avisté el color rojizo de mi camisa e imaginé la tonalidad sonrojada que invadía mi propio rostro. Envidia y rabia frente a frente, pensé, liberando la carcajada que se empeñaba en salir.
Me voy, dijo ella. Puedes reírte hasta reventar. No te voy a molestar más con lo que tú llamas de mis argucias, chismes y patrañas.
Quédate, le espeté yo, en un impulso. ¿Con quién me voy a pelear si tú te vas?
No se fue. Nunca más llamó a mi puerta. Tampoco volvimos a conversar. A veces, mientras tiendo la ropa, le canto la canción de Dolores. Entonces ella sale de detrás de la cortina, me mira de reojo y sonríe.

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La luna y el sol (eclipse II)

Estelares encuentros,
fugaces e intensos.
A veces espaciados
en el tiempo.
A veces distanciados
en la inmensidad.
Jamás en la pasión.
Anochece.
Medio adormecido,
medio sonrojado,
un sol, indolente,
continúa su derrotero,
de nuevo solitario.
Plena, tras el encuentro,
la luna se despereza satisfecha.
La noche parpadea,
nacen las estrellas.
En un pequeño planeta,
En los confines del universo
algunos pocos
contemplan el firmamento.
Los demás duermen.

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El Beso de la Luna y el sol

Hoy el cielo tiene un monocromático atardecer,
vestido de plata, argéntea el pedazo de firmamento
que surge al otro lado de la ventana de mi despacho.
Dicen que está empañado el sol,
eclipsado por la luna.
No es un eclipse, señores,
es un beso de amor.
El cielo está en penumbra, a media luz,
para que los amantes sientan la intimidad del encuentro,
y se enlacen y entrelacen,
y se acoplen y se abracen,
y se seduzcan y se amen…
Hasta que, consumidos, pero enteros,
renazcan, una vez más,
iluminados por su amor,
Sol y luna, Luna y sol.

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Al otro lado de la hoguera

Quería huir. Abrió la puerta y la noche la recibió cálida. Se adentró en ella. Le embelesaba el perfume que exhalaba la tierra. El olor a madera. La fragancia sutil de los jazmines. El aroma intenso de los anturios. La oscuridad la tranquilizaba. Sus sonidos le apaciguaban los miedos y le incentivaban la imaginación. Se dejó seducir por los murmullos nocturnos de la naturaleza. Algún día aprendería su lenguaje, pensó mientras caminaba por la angosta senda que, zigzagueante, acompañaba el trazado del río. Una ráfaga de viento llevó hasta su oído los dulces arrullos de un grupo de gnomos cantarines. Supo, entonces, que las vería. Su instinto le dijo que esa noche lograría verlas y se escondió detrás de unos matorrales. Allí estaban ellas. Minúsculas y bellas. Decenas de hadas que reían, bailaban y realizaban insinuantes piruetas alrededor de las juguetonas llamas de una hoguera. Allí estaba ella también.
Pero el mundo que amaba finalizaba con la primera luz del amanecer. Pues, el amanecer, al contrario de la noche, le producía angustia. Una angustia que se iba multiplicando, día tras día, cuando la luz de la mañana la obligaba a enfrentar una realidad que no comprendía, que no deseaba, que no era de ella. Una realidad que la hostigaba y de la que precisaba esconderse. Se ocultaba detrás de unas gruesas gafas de bibliotecaria, un sombrerito de media ala, una falda marrón, una blusa beige y unos zapatos abotinados con cordones.
No, no penséis que temía la soledad. Nunca la había temido. Al menos no lo recordaba. Sentía, eso sí, un vacuo profundo en el pecho. Un vacío que le transbordaba la mirada. En realidad, lo que más temía era su propia cerrazón. Ella se conocía. Era así desde siempre. Ya estaba acostumbrada. Los vecinos no. Por eso chismorreaban por las escaleras, murmuraban en el supermercado, cotilleaban en el Centro de Salud… “Es de otro planeta”, decía un vecino en la frutería. “Las gafas esconden una mirada mortal”, comentaba un segundo en la farmacia. “Parece una olla a presión, cualquier día va a explotar”, aseguraba un tercero en la tienda de ultramarinos.
No, no pensaba volver. Aquella noche había cerrado la puerta por última vez. Huiría a su bosque y a su río. Viviría con sus gnomos y sus hadas. Abandonaría todo lo que nunca había deseado. Había decidido escapar y escaparía.
¿Escaparía? ¿Escaparía de quién? Desde lo alto, una luna menguante observaba sus movimientos. ¿Escaparía de quién?, insistió en voz alta, si estaba sola. ¡Si siempre estuvo sola!
¡Escaparía de mí!
Sin conseguir detenerlo, su grito escaló las cuerdas vocales se acomodó por un instante en el cielo de su boca y, enseguida, resurgió impetuoso y vehemente como un proyectil: ¡Escaparía de mí!
Fuegos artificiales volaron en busca de ese universo inmenso, infinito e inabarcable que la invadía, la sofocaba, la subyugaba y la atraía como un imán. El rumor del agua acompañaba sus suspiros.
En un claro del bosque, alrededor de una hoguera de alegres llamas, un nutrido grupo de gnomos y hadas aguardan su llegada para conmemorar el solsticio de verano.
Desde este lado de la noche, una voz grave y aterciopelada también incitaba a los mortales a disfrutar de la fiesta: Al otro lado de la hoguera podrás saltar, que hoy es la noche de San Juan. El portal permanecerá abierto hasta el sol rallar, que hoy es la noche de San Juan. Viva la danza y los que en ella están…
La buscaron durante meses, cuando notaron su ausencia, pero nunca la encontraron. Algunos, entre bisbiseos y susurros, comentan que todos los años, por la noche de San Juan la escuchan cantar: Viva la danza y los que en ella están que hoy es la noche de San Juan. Los dos lados del camino podrás andar, porque hoy es noche de San Juan. Viva la danza y los que en ella están… ¡Ay, qué ganas de pecar, Señor San Juan!

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Ellas en mí

¿Cuántas mujeres habitan en este cuerpo roto
tantas veces remendado?
¿Cuántas mujeres ya he sido y he olvidado?
¿Estarán sus voces aún en mi garganta?
¿Conservaré en mis ojos sus críticas miradas?
Levanto mis pies cansados para descubrir sus huellas,
Y no veo nada.
Me asomo a la ventana.
La noche observa en mí su propia oscuridad.
Yo contemplo en ella mis despojos.
Me resisto a seguir.
¿En qué punto del camino he desistido?
¿Desertaron, acaso, los que me han querido?
Estoy exhausta.
Ellas, las que me habitan, aguzan el oído.
Me asaltan, me empujan,
Me incitan, me claman.
¿Para qué?, les pregunto,
Si la vela se apaga.
Mis manos ya no tejen destinos en los telares del tiempo.
Son abanicos rotos, despedazados…
Tus manos, me dicen ellas,
Aunque resquebrajadas, revolotean.
Pues nuestras manos, cuando entrelazadas,
Saben enfrentar el viento.
Se tornan alas.

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Una sonrisa en la habitación o Aventura en una noche insomne

Entró por la ventana que, tenía certeza absoluta, había cerrado un poco antes de acostarme. Me miraba con insistencia. Sus ojos eran grandes y oscuros. Intenté pensar, ordenar mis ideas, pero el miedo me lo impidió. “¿Cómo lo has hecho?”, pregunté, sin conseguir morderme la lengua a tiempo. “Sé que la cerré”, musité con un hilo de voz. “Estoy segura de que la cerré”, repetí haciendo un esfuerzo para mantener la voz medianamente firme. En un arrebato me senté en la cama, estiré el brazo derecho y con el dedo indicador apunté la ventana cerrada. Algo me decía que todo aquello era un despropósito y que de nada serviría hacerme la valiente. Intenté visualizar lo ridículo de la situación, pero antes de que yo lograse ver alguna gracia, una sonrisa iluminó la oscuridad de mi cuarto. “¡Estoy segura de que la cerré!”, insistí a voz en grito, cómo si ese hecho tuviese la más mínima importancia.
“Sí”, me dijo la voz que habitaba detrás de la sonrisa, “tú la cerraste y yo la abrí. No sé por qué os esforzáis tanto en cerrar puertas y ventanas, si sabéis que siempre entro en el preciso momento en el que debo entrar. De nada importa el poder que tengáis, ni las poses que hayáis acumulado. Nunca podréis pagar mi precio porque, sencillamente, no hay precio. Os pasáis la vida acorralados por el miedo y enclaustrados en vuestra nimiedad… Lo vuestro, indudablemente, es un auténtico sin vivir”
“¿De dónde salió esa voz? ¿Quién eres? ¿Por qué no consigo verte?” La sonrisa se transformó en una atronadora carcajada.
Tanteé el suelo con el pie para hallar mis zapatillas. No las encontré. Así que, descalza y aturdida, caminé hacia esa sonrisa descarada e insolente. “Si creyese en espíritus, pensaría que eres un duende que se quiere divertir a mi costa. Pero hace mucho tiempo que dejé de creer en hadas, elfos o príncipes encantados. ¿Me oyes? ¿Dónde estás? ¡Respóndeme de una pu…!”.
No conseguí finalizar la frase. Un brazo fuerte me enganchó por la solapa del pijama y me arrastró armario adentro. “¡Suéltame, déjame en paz! ¡Yo no soy Alicia!” “Ni yo la reina de copas”, añadió con guasa la sonrisa.
“¿Seré un gato, quizás una bruja o tal vez un querubín?, declamó la sonrisa, mientras deslizábamos velozmente por una especie de tobogán. “Aunque… sí solo existe lo que se ve y tú no consigues verme, tal vez yo no exista”, reflexionó la sonrisa con ostensible ironía. “Ah, ¡cómo deseáis mi inexistencia! Pero, te aseguro que, precisamente porque no me veis, puedo ser quien yo quiera. Sí, me has oído bien, quien yo quiera, incluso tú. ¿Y ahora, sigues sin poder verme? ¿Y a ti, puedes verte a ti?”.
“¿Yo, verme… a mí?” Sentí que mi boca se abría y mis ojos se cerraban. “¿Cómo así verme a mí? ¡Claro que me veo! ¿Me veo?” El espejo estaba opaco y yo decidí que ese no era el mejor momento para calentarme la cabeza con ese tipo de especulaciones. “¡Me espanta lo necios que sois!”, susurró entonces la sonrisa.
Aterrizamos en un local sombrío y oscuro, cuajado de raíces. “¿Dónde estoy?”, me escuché pensar. Después percibí que la frase que componía ese pensamiento adquiría la forma de una espiral que se erguía y giraba sobre sí misma a procura de luz. Los grandes ojos negros observaban, pero no había rastro de la sonrisa. Incrédula, vi como mis pensamientos se transmutaban en letras que, al girar sobre sí mismas, parecían flotar en el vacío. Sin saber por qué, recordé los crucigramas que hacía cuando era niña. Letras sueltas en busca de una definición, de un nombre, de un descubrimiento. “¿Sería la vida una especie de crucigrama?”, me oí pensar.
“O quién sabe la muerte”, replicó socarrona la sonrisa, antes de ordenarme que dejara los crucigramas en paz y la siguiera.
“No te veo, ¿cómo quieres que te siga? Apenas oigo tu voz. Si hasta tus ojos, que me parecieron grandes, profundos y negros, se confunden con la oscuridad. ¿Posees algún rostro, sonrisa? ¡Muéstramelo!”
“Cuidado con lo que deseas. Sígueme…”.
Caminé agachada, casi de rodillas, sobre un terreno resbaladizo y empinado. Olía a gas metano y a humedad. Telas de araña obstaculizaban el camino y yo tengo pavor de arañas. Ahogué un grito de repugnancia cuando sentí la viscosidad plateada de su trampa de seda en el rostro. Poco después, vi un topo irritado porque no encontraba su madriguera. Aplasté un enorme gusano con la mano y una hormiga me picó el pie. Enseguida tropecé con un escorpión que degustaba tranquilamente una enorme cucaracha.
“¿Para qué bajamos hasta las raíces de la tierra sí ahora me indicas que debemos subir?, pregunté desorientada. “Corre, corre, corre”, respondió con incongruencia la sonrisa. “¿Hacia dónde debo correr?” “Hacia el final, claro. Todos corremos hacia el final”.
“Hacia el final, por el camino finito que conduce al infinito…” “Para de filosofar, siempre llegarás a alguna parte si caminas lo suficiente”, concluyó la sonrisa.
“Es que tu silencio me inunda el cuerpo de vacíos. Tropiezo en mi propio cuerpo. Se me rasga la piel. Procuro en tu mirada una respuesta, pero no la encuentro. Tú miras a través de mí. Miras sin verme. Sin sentir el hueco que me produces. Para ti, no existo y yo, al no sentirme en ti, me voy evaporando.”
“Lo que nos faltaba, una poeta”, añadió la sonrisa, mientras sus ojos, grandes y negros, se iban eclipsando.
“¿A dónde vamos? ¿por qué la prisa?”, interpelé sin saber sí, efectivamente, deseaba una respuesta que, sim embargo, no se hizo esperar.
“Porque el tiempo no está para ser perdido.”
“No obstante”, argüí “sospecho que en ese tal lugar al que estamos yendo el tiempo no existe”.
“¿Quién eres tú para cuestionarme nada?, gruñó la sonrisa sin rostro.
“¿Cómo que quién soy yo? ¡Soy la dueña de este sueño!”
“¿Sueño? ¿Cuál sueño?, preguntó la sonrisa, ahora iluminada, mientras yo, desconcertada, observaba la proyección alargada de mi sombra.

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