Los hilos de la memoria


No me olvidé.
El tiempo voló,
la vida pasó,
pero de algunos momentos no me olvidé.
Me acuerdo de los charcos
que mojaban mis pies a camino del colegio,
de las noches de lluvia asomada a la ventana,
de las frías madrugadas de diciembre,
de la bolsa de agua caliente sobre la sábana.
Me acuerdo del calentador eléctrico
con el que, todas las noches de invierno,
mi madre calentaba mi cama.
También me acuerdo de las explosiones
nocturnas en el Alto Horno de la fábrica,
de las gloriosas tardes de domingo con Escarlett O’Hara,
del parchís, de la oca o de tres en raya,
pero, sobre todo, de los amigos con quienes jugaba.
Me acuerdo de Pilar la vareadora,
de la Pérgola recién nevada,
de mi primera maestra, Doña Jesusa,
del banco con mi nombre grabado, que llevaba de casa.
Recuerdo cuando leía mi mamá me mima en El Rayas
y después lo escribía, con el pizarrín, en la pizarra.
También me acuerdo del colegio de monjas,
de mi primer uniforme, negro y con capa,
de la misa de domingo en la capilla, a las nueve,
de los retiros espirituales,
de los miércoles de ceniza,
y de las procesiones de Semana Santa.
Me acuerdo del padre Luis en el confesionario
de la vieja iglesia dominicana,
del rosario de la aurora,
del viacrucis en el patio,
y de las mil veces mil que escribí en clase no se habla.
¡Ay, qué absurdos eran esos castigos que las monjas nos mandaban!
Me acuerdo del delicioso olor a bizcocho de coco
que impregnaba la cocina de mi casa,
del pudin de pan con uvas pasas,
de los oricios con sabor a océano,
de la ensaladilla rusa, de los filetes empanados
de los mejillones a la vinagreta y de la tortilla de patata.
Me acuerdo también del pio campo,
de tres marinos a la mar,
de las carreras de bicicleta,
del escondite, de la queda,
del cascayu, de la peonza,
y de Ney, aquel perro que nos acompañó la infancia.
Recuerdo que imaginaba a los personajes de los cuentos infantiles,
deambulando sobre el pedazo de techo que veía desde la cama.
Me acuerdo del porrón de vino, del juego de la abuela,
de los bígaros, de las pipas y de la mistela.
Me acuerdo del vermut en el Monterrey después de misa,
del vino con casera en el almuerzo de domingo,
de pasear, pero no mucho, por el parque,
porque una buena chica no puede estar muy vista.
También me acuerdo del cruce disimulado de miradas,
del brusco tropezar de manos en el aire,
del rubor de la luna sobre los salgueros,
de los relojes, de los traspiés,
y de las huidas a galope,
para llegar a casa antes de la diez.

Aditamento:
Un día olvidé los besos no dados,
los te quiero silenciados,
los amores truncados,
el deseo reprimido…
y de que, en aquel tiempo, todo era pecado.

“la vida es sombría con los que guardan rencor” Emmanuel Mounier
“No me arrepiento de nada. El que se arrepiente de lo que ha hecho es doblemente miserable” Baruch Spinoza




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A ellos: a mis abuelos


Bajaba del desván con una caja de madera que parecía pesada y me pidió ayuda, “entre esta caja que pesa lo suyo y lo empinado de la escalera o me ayudas o me mato”. Claro que le ayudé. Además, él tenía razón, aquella caja pesaba una enormidad, “caramba con la cajita, ¿qué lleva dentro, piedras?”
“No seas impaciente, ya lo verás”, y, sin más pamplinas, me hizo atravesar toda la casa, con la tal caja de marras a cuestas. Paró cuando llegamos a la cocina. Creo que se dirigió directamente allí porque la vieja mesa de mármol blanco, donde antaño se realizaban los almuerzos familiares, era lo suficientemente amplia como para caber un mundo, “esta caja era de mi padre, tu abuelo, la busqué durante mucho tiempo sin encontrarla y, mira tú por donde, hoy, sin querer, la vi en el fondo de un baúl, entre enaguas y viejos vestidos de mi madre y la colección de Flash Gordon de mi hermano”.
Mi abuelo paterno era un hombre alto, delgado y con boina. Fue un hombre afable, trabajador, cariñoso y de pocas palabras, como mi abuelo materno, su consuegro. Ya sus mujeres, mis abuelas, eran de muchas.
El abuelo tenía un mirada expresiva y azul que delataba sus sentimientos y que, hasta en su último momento, me pareció risueña y tranquila. También se podría decir que era un hombre metódico a quién le gustaba sentarse a desayunar, siempre en la misma silla a la cabecera de la mesa, para, pan con pan, degustar silenciosa y tranquilamente, los huevos que mi abuela subía del gallinero todas las mañanas, freía en un sartén con abundante aceite y se los servía impecablemente estrellados y con puntilla, tal como a él le gustaban.
De acuerdo con mi padre, dentro de la caja, que permanecía cerrada encima de la mesa, sin que ninguno de los dos osáramos abrirla, estaban los martillos y los cinceles con los que el abuelo había aprendido el oficio de maestro marmolero y la libreta en donde lo anotaba todo. Aparentemente, en ese cuaderno encontraríamos bocetos de algunos proyectos con sus cálculos matemáticos, anotaciones de débitos y haberes, presupuestos de obras, todo ello al lado de relatos de momentos significativos y algún que otro pensamiento.
¿Tendrá el padre de mamá un cuaderno de anotaciones?, pregunté de repente sin que viniese a cuento. A veces, los pensamientos se hacían palabras en mi boca, antes de que lograse pasarlos por el filtro de la razón, lo que me daba bastantes quebraderos de cabeza. “Pregúntaselo a ella”, respondió ríspido mi padre. “Aunque, en mi opinión, continuó suavizando la voz, tengo motivos para dudarlo. Pero, en el caso de que lo haya hecho, supongo que lo rasgó, trituró, quemó o las tres cosas a la vez, cuando supo que había perdido la guerra, ¿no te parece?” Pues sí, me parecía, claro que me parecía.
A mi abuelo materno le gustaba cantar. Eso sí, cantaba bajito. No sé si para no molestar o para que no le oyesen, mientras intentaba sintonizar la frecuencia de Radio Pirenaica o de la BBC. Si cierro los ojos, consigo verlo sentado en su silla al lado de la puerta de la cocina, con su pequeña radio gris perla casi pegada a la oreja, la boina puesta, los ojos entrecerrados por detrás de las lentes, absorto en su propio mundo y entonando una canción en la que advertía delicadamente a su dulce amor que ese mar al que iba a por naranjas, cosa que la mar no tiene, era bello pero traidor y podía volver toda mojadita por causa de las olas que van y vienen. En ciertas ocasiones su canción se volvía un poco más ácida e incisiva y avisaba claramente que si querías peces deberías mojarte el culo. Mi abuelo materno fue un hombre bueno, liberal y comprometido con sus ideales de clase, que dejó de vivir el día en que falleció mi abuela.
Mis abuelos eran muy diferentes. El paterno no se amilanaba ante las vicisitudes, “en medio del camino se apagaron las luces del automóvil, la noche se nos echaba encima y precisábamos llegar antes del amanecer a Gijón, así que paramos en una venta y compramos unas cuantas velas, después me senté en el capó y, sujetando la vela con cuidado para que ni se apagase ni me quemase, le fui indicando el camino al conductor.” El materno fue un librepensador capaz afrontar cualquier odisea. Cualquiera, menos la pérdida de su esposa, por eso cuando ella se fue él dejó de cantar y de vivir. A nadie le extrañó que, algún tiempo después, padeciese la misma enfermedad ni que partiese en su busca el día de su onomástica.
Mis abuelos, nacieron en la última década del siglo XIX, durante la regencia de la Reina María Cristina de Habsburgo; fueron acunados con los escalofriantes relatos que sus padres contaban sobre la guerra de Filipinas y, aunque España se mantuvo neutral, de jóvenes vivieron los malos tiempos de la Gran guerra y sufrieron sus consecuencias.
En el año 1916 mi abuelo paterno escribía en su cuaderno (sí, finalmente y gritando todos a una, mi padre y yo abrimos la caja), “la guerra ha trastornado tanto la economía española que hoy es imposible vivir”.
No obstante, la juventud les impelía a vivir y ellos, mis abuelos, vivieron y amaron y se casaron y sobrevivieron a la llamada gripe española. Pero, según escribió el abuelo en su cuaderno multiuso, “Vivimos tiempos de hambre y miseria. Aunque mi esposa llore cada vez que se lo menciono y yo no lo quiera, me veo obligado a emigrar.” Y emigró sin saber que su joven esposa esperaba el primer hijo. Mi abuelo, que atravesó el atlántico como polizón, regresó años después como maestro marmolero y con el dinero necesario para abrir un negocio. En su marmolería, mi abuelo creó puestos de trabajo para que otros jóvenes de la región no precisasen aventurarse por esos mares de Dios.
Los ojos de mis abuelos eran tan azules como el cielo, sí. Pero, así como en el cielo las nubes pueden ser anuncio de lluvia o de tormenta, cuando sus miradas se empañaban era presagio de la tristeza provocada por las noticias que llegaban desde el Rif, de la indignación e impotencia que sentían ante el hambre y la miseria causados por la Gran Depresión, del temor y el desaliento originados por una guerra civil que enfrentaba hermanos, vecinos, familiares, amigos… No en vano, la vida les había enseñado que, ganase quien ganase, ellos, los del pueblo llano, siempre perdían.
A mi abuelo paterno además de pulir, trabajar y darle forma al mármol, le gustaban los toros y el boxeo y yo, una chiquilla a la que todavía le faltaba algunos centímetros para alcanzar el metro de estatura, lo acompañaba a la Plaza de Toros del Bibio, me sentaba modosita a su lado bajo un sol abrasador y, con toda la inocencia de mis cuatro años, le decía “abuelito debe de estar lloviendo porque tengo toda la carina mojada.” Entonces mi abuelo sacaba su pañuelo del bolso y, mientras sus ojos chispeaban y su sonrisa se encendía, me secaba el rostro perlado de sudor. Sí, yo iba de muy buena gana con mi abuelo paterno a donde hiciera falta, a los toros, a su despacho, al taller, al boxeo o al cementerio.
Socialista de la vieja guardia, mi abuelo materno trabajó en el Puerto de El Musel hasta jubilarse, pero su vocación lo llevaba a elaborar utilidades domésticas en la fragua. De sus manos salieron cuchillos, hermosas palas para las cocinas de carbón de sus hijas, ganchos que ayudaban a transformar en caramelo el azúcar del arroz con leche, o piezas de joyería, como el anillo de acero que le hizo a mi madre y yo conservo conmigo. A mi abuelo materno le gustaba la buena mesa, el buen cine y las tertulias. Cuentan quienes le conocieron que su casa era frecuentada por animados contertulios y que allí la charla siempre era amena e interesante. La Guerra Civil puso un punto y aparte en esas reuniones.
Estaba lejos, en alguna otra dimensión, cuando mi padre me tocó el brazo, “mira hija, aquí, sí, aquí ¿no lo ves?” Pues no, no lo veía. Miré de nuevo, de esta vez con más atención. Entonces lo vi. Entre un conjunto de dibujos de esculturas y algunas anotaciones, había una fecha. Una fecha que había llamado la atención de mi padre y debajo de la fecha había una frase ya casi borrada por el tiempo, “léemela, hija, que la emoción no me deja hacerlo a mí.”
Entonces, asegurando mi propia emoción leí con voz temblorosa, “He sido padre. Necesito conocer a mi hijo. Tengo que volver”.



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Tu abrazo



Me hundo dentro de tu abrazo,
dentro de tu abrazo el tiempo se para,
absorbo la vida dentro de tu abrazo,
dentro de tu abrazo el miedo se apaga,
siempre es primavera dentro de tu abrazo,
dentro de tu abrazo,
de tu abrazo.
El amor se inunda, se esconde, inverna, adormece,
se oculta, atrinchera, vigila, aguarda…
y reaparece.
Pues ese amor que un día fue flor e incluso fruto,
hoy es simiente.
Porque el amor se mantiene dentro de tu abrazo,
dentro de tu abrazo se enraíza la vida,
la memoria se enciende dentro de tu abrazo,
dentro de tu abrazo mil sueños desfilan.
El tiempo no existe dentro de tu abrazo,
dentro de tu abrazo sumerjo y suspiro,
la vida renace dentro de tu abrazo,
dentro de tu abrazo
de tu abrazo,
te abrazo.




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A ellas: a mis abuelas

 


Los ojos de mi abuela materna eran dos carbones, que a veces se encendían. Su piel tenía el color de la miel y era tan suave y acogedora como su abrazo. Mi abuela tenía el pelo ensortijado y más negro que el azabache, pero nunca se lo vi suelto.
A mi abuela paterna sí. La recuerdo en su habitación, sentada delante del tocador en un taburete de madera oscura con asiento de terciopelo verde. Tal vez porque nunca me dejó sentar en el, aquel me parecía un lugar sagrado. Todas las noches me escondía detrás de la puerta de su dormitorio y observaba fascinada como, antes de dormir, se quitaba, una a una, las horquillas con las que daba forma de moño a su coleta y, con estudiada premeditación, libertaba su blanca melena y la cepillaba lentamente ciento cincuenta veces contadas. No sé si ella sabía que yo estaba allí, contemplándola en silencio, con temerosa admiración y casi sin atreverme a respirar. Posiblemente sí, pero nunca me dijo nada.
A la madre de mi madre la recuerdo cercada de cacerolas y trajinando en la cocina con su mandil de rayas grises, negras y blancas, mientras mi abuelo, aparentemente abstraído, escuchaba radio pirenaica y observaba sus movimientos. Para cocinar, mi abuela prendía su negro pelo ondulado detrás de la nuca, ¿cómo consigues hacer esas ondas?, le preguntaban, curiosas, las vecinas y ella, con su característica carcajada, les respondía que dormía con la cabeza encima de la tabla de lavar la ropa. Mi madre, aunque no heredó el negro pelo ondulado de mi abuela, sí heredó su risa y dicen quienes las conocieron que yo también la heredé. Mi abuela materna era una mujer vital y luchadora a la que le gustaba conversar y contar anécdotas. Mi abuela paterna también.
Nacidas en la última década del siglo XIX, las dos eran fuertes porque había que serlo; decididas porque no había otra opción; trabajadoras porque era lo que les había tocado; positivas porque así las habían enseñado desde la cuna; animadas porque lo llevaban escrito en los genes; generosas, empáticas y fraternas porque esa fue la herencia no escrita que les dejaron sus padres y, por si todo eso fuera poco, las dos cocinaban como los ángeles.
Para ellas, la cocina era el corazón de la casa. Un lugar casi mágico. El centro neurálgico donde se reunía la familia. El útero del hogar. Allí se sabían dueñas absolutas. Allí la vida palpitaba y burbujeaban las ideas.
Sí, para mis abuelas, cocinar era algo más que hacer comida. Cuando colocaban el mandil se transmutaban en dos alquimistas a procura de una piedra filosofal en forma de estofado de cordero o de fabada o de pixín alangostado o de frisuelos o de casadielles.
A ellas, el perfume de las especias y de los condimentos las transportaban a otros mundos. Usaban las hierbas con maestría: orégano para condimentar el tomate, pero también en las infusiones como expectorante y antiséptico; el romero usado tanto para realzar el sabor de algunas carnes y pescados, como por sus cualidades digestivas y antidepresivas; el perejil que, junto con el ajo y la cebolla, utilizaban generosamente en casi todas sus salsas por ser, además de muy rico en vitamina A y C, un eficaz antiinflamatorio; la hierbabuena, que no podía faltar en sus cocinas debido, entre otras cosas, a su eficacia contra el mal aliento y el dolor de estómago. Sí, al ponerse el mandil, mis abuelas se transformaban en alquimistas.
Para nosotros, meros mortales golosos y glotones, cuando los vapores que emanaban de sus cacerolas se expandían hacia afuera de sus cocinas y alcanzaban nuestra nariz, inundándola con los perfumes a veces sutiles, a veces potentes y siempre deliciosos de sus guisos, se nos activaban todas las glándulas gustativas y, simplemente, salivábamos.
Mi abuela materna parecía frágil, pero era una roca. Trabajó mucho tiempo en las cocinas de la fonda que tenía su padre, viejo socialista de la quinta de Pablo Iglesias.
Mi abuela paterna parecía fuerte y, aunque tal vez no lo fuese, también se hizo roca. Mujer de aldea, su abuela la mandó a trabajar en la ciudad cuando, sin noticias del paradero de su padre (uno de tantos emigrantes en busca del sueño americano), le dieron por desaparecido y el cura de la parroquia aconsejó que su madre se casara con el capataz de la finca que tenían. Las mujeres de aquella época no podían tener poses y por no ser, no eran dueñas ni de sí mismas.

De mi abuela materna heredé la pasión por el buen cine, la mano para la cocina, una manera de ser algo contestataria y cierta afición por el refranero español.
De la paterna heredé el gusto por el relato. Con ella navegué por el rio Aqueronte y conocí al barquero Caronte. Sí, el mismo que, de acuerdo con los griegos, pero sobre todo con mi abuela, transportaba las sombras errantes de los difuntos desde un margen al otro del rio. También me presentó a Cerbero, el perro de tres cabezas que tenía Caronte para vigilar la puerta del mundo de los muertos. Aún hoy consigo visualizarla sentada en la cocina, con un valde de agua caliente entre las piernas, desplumando la gallina que nos serviría en el almuerzo del día siguiente y contándonos estos cuentos que yo, por aquel entonces, pensaba que eran fruto de su creatividad.
Pero de todos sus cuentos, el que más zarandeaba mi imaginación era el del soldado que, al morir, fue impedido de entrar tanto en el cielo como en el infierno y, cansado de ir de un lugar para el otro sin obtener ningún resultado, decidió subir encima de su sombrero y quedarse allí sentado. A final de cuentas, decía mi abuela a modo de aviso, el quepis era suyo y nadie se lo podía quitar… ¡estamos entendidos!
Mis abuelas nacieron em plena regencia de la Reina María Cristina de Habsburgo; fueron niñas durante la guerra de Filipinas; jóvenes durante la primera guerra mundial; se casaron mientras el mundo luchaba contra la gripe española; tuvieron hijos entre batalla y batalla de la guerra del Rif; soportaron la dictadura de Primo de Rivera; sufrieron las consecuencias de la Gran Depresión; vieron cómo, junto con la monarquía, desaparecía una manera de vivir; cuando la enfermedad entró en sus casas y se llevó a sus hijos, lloraron su muerte en silencio, mientras hacían reír a los más pequeños; resistieron como jabatas durante la guerra civil española y rezaron por todos los muertos, por todos; trabajaron en lo que pudieron para llevar comida a sus hijos durante la II guerra mundial; silenciadas durante la dictadura del General Franco no se callaron…
Mis abuelas al lado de tus abuelas y de tantas y tantas otras abuelas, pertenecieron a una estirpe de mujeres que abrieron puertas y desbravaron caminos para que nosotras los caminásemos y los amplificásemos. Nuestras abuelas se transformaron para que nos pudiésemos reinventar.
Ahora la palabra está con nuestros nietos. Ellos serán quienes digan si lo hemos hecho bien… o no.
Yolanda Serrano Meana



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Por las ventanas

 

No sabe si tiene miedo. Posiblemente sí. Todos lo tenemos. Vivimos días de confinamiento e inseguridad. No recuerda otro momento en el que los humanos estuviéramos, a un mismo tiempo, tan unidos y aislados; tan rebosantes de empatía y tan repletos de indiferencia. Los casi dos meses que llevamos encerrados en nuestra casa ha sacado a la luz lo mejor y peor que llevamos dentro. Finalmente hemos visto la cara que el espejo se niega a mostrar. Cuando estamos encerrados con nosotros mismos las armaduras se desintegran y el miedo aparece, me dijo el otro día en un whatsapp.
Yo le respondí que estábamos acuartelados, porque, a final de cuentas y como nos aseguraban las autoridades, esto es una guerra. Una guerra contra un enemigo cruel e invisible. Una guerra en la que nuestra mejor estrategia, además de lavarse las manos, era recluirse en el cuartel, es decir, en casa. Una guerra en la que, en lugar de guerrear entre nosotros, nuestro foco debería ser el enemigo común.
Entonces me contó que se levanta temprano, más por hábito que por disciplina y, aunque todos los días mira religiosamente la fecha en el calendario, una voz dentro de su cabeza le dice que el de hoy es un día semejante al de ayer y posiblemente muy parecido al de mañana. Eso dependerá de mí, rumia para sus adentros mientras se pone las zapatillas, sin querer darle oído a sus fantasmas.
Seguidamente abre las cortinas y el sol entra de sopetón en la habitación, cegándola. Es una ceguera blanca que le recuerda la que sufrían los protagonistas del libro de Saramago. Cavila sobre las diferencias que pueden existir entre este tipo de ceguera, poblada de luces irisadas, y la provocada por la oscuridad, pero no llega a una conclusión. Restriega los ojos para familiarizarse con la luminosidad de la mañana y, mientras lo hace, intenta percibir sus sentimientos. La duda permanece. No sé si tengo miedo, verbaliza en voz alta. ¿No dicen que la muerte es quien da sentido a la vida?, pregunta sin esperar ninguna respuesta.
En el jardín dos colibríes revoloteaban sobre los hibiscos. Andan siempre en pareja, sin que nadie les obligue a confinarse. Les sigue con la mirada. Desde la cocina le llega el olor del café que prepara su marido. Un bando de cotorras pasa alborotando la mañana y se posan sobre el tejado. Por el pasillo cuenta los pasos y los días vividos. La casa tiene memoria y las paredes están pobladas de recuerdos. Entra en la cocina convencida de estar en el mejor lugar para vivir un confinamiento.
Sentada en la mesa con una taza de café entre las manos, un ruido extraño llama su atención y le hace girar la cabeza. Enganchado a los visillos, un saltamontes parece espiarla. Intuyó que el animalito le pedía ayuda. Dedujo que se había quedado preso y estaba angustiado porque no conseguía salir. Te voy a ayudar, no te preocupes. Tú no precisas guardar cuarentena ninguna y mucho menos quedarte confinado aquí conmigo, le iba explicando mientras se acercaba lentamente al chapulín. Se sintió feliz cuando, encima de un libro, consiguió transportarlo a la libertad del jardín.
Hoy cambiaron todas mis prioridades, escribió en su agenda al regresar. Luego agarró una botella de lejía y limpió todo con sumo cuidado: ella y su sombra; ella y su imagen en el espejo, ella y sus circunstancias. A continuación, limpió todos los rincones de esa casa que, aunque fuese suya sabía que no lo era, porque nada es nuestro, se dijo a sí misma, todo es prestado, hasta la vida.
Un día me comentó que le agradaba el silencio. Dentro del silencio se escucha, se observa, se lee… Dice que disfruta de las tardes de lectura en la terraza, con los bienteveos revoloteando sobre el césped y las mariposas aleteando sobre las flores. Pero me confesó que a veces el jolgorio le impedía concentrarse y no le quedaba más remedio que alzar la cabeza y mirar. En ese instante, me aseguró, la naturaleza entraba de golpe por la ventana, le inundaba los ojos, le empapaba el alma y ella descubría sus milagros: un tucán sobre la rama de uno de los árboles de la casa vecina, una pareja de gavilanes sobrevolando el atardecer, una iguana caminando perezosa en dirección a unos matorrales próximos, una familia de monos sentados sobre los cables de alta tensión, saboreando unas bananas.
Cree que ese es el motivo por el que siempre le gustaron las ventanas. Desde niña, me aseguró. Antes de comprar una casa, me siguió explicando, contaba sus ventanas, las abría de par en par, miraba lejos, contemplaba la calle, observaba los transeúntes y, si, además, tuviese balcones o terrazas… entonces era la gloria.
En su opinión, esa casa, la suya, era especial. Sus ventanas no se abrían a una calle. Sus ventanas se abrían al planeta, a la naturaleza, a Gaia. ¿Consigues verlo?, me preguntó un día extasiada, al compartir conmigo una foto que acababa de sacar. Pero al percibir en el cielo una nube con una forma que a ella le recordaba un ángel, se queda callada. Sin dilación coloca el libro sobre la mesa, abre todas las ventanas de par en par y respira.
En un cielo vestido de intenso azul, una pequeña nube la observa.



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El desabrochar de Galatea



Hoy reconocí el miedo que me invade,
y le miré a la cara.
Decidida, enfrenté su mirada y le ofrecí un café,
nos sentamos frente a frente
en la mesa de la cocina,
como dos inseparables enemigos.
Yo abrí la escotilla de los recuerdos,
y una botella de leche pasteurizada.
Él, una neblina pudorosa,
que invadió la habitación.
Luego vi su sombra en el espejo y percibí
que mi cuerpo, inerte sobre el lecho,
respiraba con dificultad.
Soy un viejo malecón donde sueños inconclusos,
se repiten en lapsos intermitentes.
Un sombrío rompeolas donde las verdades
se deshacen en gaviotas de espuma y soledad.
Contemplo, a través de su mirada,
innumerables ciudades desnudas de humanidad,
con sus casas despobladas de clemencia,
con sus puentes que aíslan los suburbios,
y sus desiertos que desembocan en callejones vacíos.
Me pierdo noche adentro,
la oscuridad me invade,
Nos falta amor,
reclama la luna.
¿En qué rincón del tiempo lo perdimos?

La vida es un jeroglífico
que debemos descifrar.
Pero yo confundo sueño con vigilia,
no sé si estoy dormida,
tampoco sé si deseo despertar.

Hoy he sumado todos mis pedazos,
hilvanado mis memorias,
desclavado mis fracasos,
y redimido mis derrotas.
¡Hoy, he pactado conmigo!
Hoy, acepto las vivencias
que navegan en mi mente,
hoy te invitado a un café.
Hoy me asomo a la ventana
y vislumbro el horizonte,
hoy veo allende los mares.
Hoy surco los océanos ignotos
que me habitan,
con las velas desplegadas
y el corazón expuesto.
Hoy desabroché la piel,
me desvestí de vanidades e hipocresías.
Hoy me transfiguré en tierra fértil,
y en esa lluvia mansa que la sustenta.
Hoy soy un soplo de luz,
hoy soy el aliento de un cometa,
y la brújula que indica el camino
hacía la Estrella Polar.
Hoy navego mi propio oleaje,
sin recelos de Polifemos o Poseidones.
Hoy Galatea ya no os teme,
hoy fue el miedo quien se amedrantó.
Hoy mi único estandarte es la Bondad,
y el Amor, me apunta la Luna…
y corrobora el Sol.

La vida es un jeroglífico
que debemos descifrar.
Pero yo confundo sueño con vigilia,
no sé si estoy dormida,
tampoco sé si deseo despertar.

¿En qué rincón del Universo nos encontraremos?

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Tiempos de pesadilla


La encontraron en un banco del parque. Estaba febril, semiconsciente, balbuceaba palabras incompresibles mientras forcejeaba con algo o alguien que solo ella parecía ver. Les costó trabajo inmovilizarla, pero no podían dejarla allí en aquel banco solitario. Aquella era una noche sin luna ni estrellas. La noche en la que el cielo sufrió un apagón. Tuvieron que amarrarla. Aun así, gritó palabras sin nexo durante todo el trayecto a camino del hospital. Al llegar se desmayó.
Cuando abrió los ojos, se vio en un cubículo angosto y sin ventanas. Estaba amarrada a los barrotes de una cama, alimentada por un gotero y conectada a un monitor.
¡Hola! ¿Hay alguien ahí? Respondedme por favor. Díganme algo. Está oscuro. Que alguien encienda la luz. No veo nada. ¿Dónde estoy?
Estás dentro de mí. ¿Dentro de ti? ¿Y quién eres tú? Soy la oscuridad.
¡Suéltame!, rogó antes de desmayarse otra vez. Desde el otro lado le llegaban los suaves susurros de las enfermeras, pero ellas no la oían. Sintió como la desamarraban y le pasaban por los brazos y el rostro una esponja húmeda y perfumada. El olor a hierba buena la llevó de vuelta al jardín de sus juegos de infancia. Estiró los brazos y se quedó quieta, muy quieta, “estatua”, para sentir la brisa tenue y ligera que acariciaba el dorso de sus manos. Luego, tambaleó y movió un pie. Te moviste, perdiste, se dijo a sí misma. Pero prefirió no hacerse demasiado caso y movió el otro pie. No he perdido, pensó, he logrado dar el primer paso hacia algún lugar.
Allá, a lo lejos, la tenue luz de una vela.
¿Dónde está mi jardín, quién me lo ha escondido? Un tip tip tip tip la despertó en su antiguo cuarto de niña. ¡No es posible!, gritó sin que, al menos aparentemente, alma viva la oyese. Sentado a los pies de la cama, Cachito, el muñeco que aquel año le habían traído los reyes, la observaba con sus dulces ojos de cristal.
Incrédula, apartó las sábanas de lienzo moreno y se sentó en la cama. No lo podía creer, los pies no le llegaban al suelo. Esto es un desatino, refunfuñó por segunda vez en menos de un minuto. Desde la cocina, un olor a Cola Cao con leche invadió la habitación junto con la voz de su madre: Venga, perezosa, levántate. No vayamos a llegar tarde a tu primer día de colegio.
No quiero ir al colegio, mamá. Al colegio no. Ayúdame a caminar. Debo dar un segundo paso. Preciso correr. No quiero que la oscuridad me devore.
¿Mamá, estás ahí? ¡Por favor, que alguien me responda!
Te voy a tragar, le respondió con su afilada voz la oscuridad.
Déjame en paz, lloriqueó al percibir que sus pies se adherían a una masa viscosa, tan pegajosa como el chicle chewing que tanto masticara de niña, y de la que le parecía imposible despegarse.
¡Socorro, mamá!
Dentro del sueño, continuaba siendo una niña que aguardaba ansiosa el beso matinal de su madre. En el hospital, el equipo médico prescribió que la acoplaran a un ventilador mecánico.
Abrió la puerta y respiró con deleite el aire puro y cargado de oxígeno que llegaba desde la ladera del monte Cayón. Ah, como le gustaba la cocina de la abuela, tan grande, tan blanca, tan luminosa. Se vio de pie, en el lateral izquierdo de la mesa, casi podría jurar que pelaba cebollas. La abuela observaba su trabajo, le mostraba la mejor manera de agarrar el cuchillo o le explicaba algún secreto para que las cebollas no la hiciesen llorar. No lo podía creer, pelar cebollas la hacía feliz.
La seguridad que emanaba su abuela la tranquilizaba. Su olor a hierba buena le daba paz. La caricia templada y húmeda de la esponja sobre su piel le aguijoneaba la memoria. Se sentía viva.
La oscuridad, a los pies de la cama, se burló y una duda cruzó su pensamiento, ¿viva? ¿Quién eres? ¡No me toques!
El monte Cayón se difuminó y el paisaje quedó opaco. La abuela gimió. La oscuridad carcajeó.
Suéltame, se oyó decir, pero la oscuridad la mantenía prisionera y no la dejaba despertar.
Dicen los más sabios que la infancia es nuestra verdadera patria y por eso nos deja marcas indelebles en la memoria. También aseguran esos mismos sabios, que el tiempo es una espiral cargada de experiencias. Sí, la vida está hecha de vivencias, no de minutos, corroboró una voz en off que le resultó muy familiar. Agárrate con fuerza a ellas, ordenó categórica la misma voz.

Dentro de la oscuridad, alguien abrió una ventana y encendió un candil. Luego se abrió otra y otra y otra más… miles de ventanas que, como pequeñas estrellas, iluminaron rostros y sonrisas. La noche se encendió. Voces cargadas de esperanza cruzaron calles, montañas, continentes, océanos… y miles de manos, impelidas por un mismo sentimiento de gratitud, comenzaron a aplaudir.
Entonces, y solo entonces, la humanidad despertó.

 

 

 

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Los caminos del adios

Se fue sin decir adiós. Sin avisar. En esta ocasión, no sabría cómo despedirse y, caso lo hiciese, no se iría. Si él la abrazase, se quedaría abrazada a él y le pediría que no la dejase ir, que la abrazase aún más fuerte y que permaneciese allí, así, unido a ella, como si fuesen una única persona, por toda la eternidad. Pero no dijo nada. No se despidió.
La noche anterior abrió una botella de cava y él le preguntó qué celebraban. Los caminos que nos ofrece la vida, le había respondido ella con una sonrisa larga que, sin saber por qué, a él le pareció triste… y lo era.
Ella era así, decían algunos, siempre lo había sido. La rutina la aborrecía, precisaba de movimiento, de acción. Sí, arriesgaban otros, es una aventurera, un culo inquieto, no para en ningún lugar. Nunca mira hacia atrás, concluían todos, mientras la observaban partir. ¿Por cuántas ciudades no habrá pasado ya?, se preguntaban. Pero ¿qué sabrían ellos, si nunca habían estado dentro de su piel? ¿Qué conocían de sus miedos, de sus temores más ocultos?
La primera pérdida la sufrió a los tres años, es apenas una muñeca, le había dicho la maestra, ya te comprarán otra. Es que esa, balbuceó, me la trajeron los reyes magos. Hasta sus amigas se rieron de ella cuando la vieron llorar. Los niños la llamaron llorona y le pusieron el mote de merengue. Incomprendida, ella lloró aún más, lloró desconsolada, lloró durante horas hasta que agotada e infeliz se quedó dormida. La muñeca nunca apareció y, pasados tantos años, aún soñaba con ella.
La casa de la abuela, donde había pasado una buena parte de su infancia, era azul pastel con el tejado rojo. No era una casa grande, pero tenía una cocina amplia y un limonero en el patio de atrás. Allí la dejaron sus padres con la disculpa de pasar el verano al aire libre, mientras ellos organizaban la tercera mudanza de sus primeros siete años de vida. Allí sí fue feliz, la abuela le contaba historias de hadas y duendes antes de dormir, para que soñase con ellos, y todas las mañanas la despertaba con una canción, trenzaba sus coletas e inventaba un peinado nuevo para cada día. La abuela era una mujer fuerte que, cuando se sentía abatida por la nostalgia o la soledad, descascaba cebollas. Para poder llorar sin ningún motivo aparente, le confesó un día su abuela, preparaba sabrosísimas vinagretas sazonadas con las copiosas lágrimas que derramaba.
La abuela siempre vivió en la casa azul. Ella en una veintena de casas. Veinte despedidas en treinta años. Era máster en adioses y doctora en despedidas. Pero en esa ocasión, no se quería ir. Se iba, porque así estaba escrito. Se iba, porque era lo mejor que sabía hacer.
La décima mudanza fue la más difícil. Tenía catorce años, cantaba en el coro del colegio y estaba enamorada del vecino del cuarto. Sus padres la llevaron, una vez más, a pasar el verano con la abuela. En ese verano aprendió a picar cebollas. Con el pasar del tiempo, sus vinagretas alcanzaron la perfección. Son deliciosas, aseguraban quienes las probaron, gracias a un condimento secreto, heredado de su abuela, que ella guarda a siete llaves. El día en que fueron a buscarla, sus padres le juraron que esa sería la última mudanza. Ella quiso creerles, pero no lo consiguió. Menos de un año después comprobó que su recelo no era en vano.
Pasó los dos últimos años del colegio en un internado. Su abuela se había ido a vivir con las hadas y los duendes de sus relatos y ella estaba cansada de deshacer maletas. Casi se podría decir que, ése, fue el periodo más normal de su vida. Tiempo de rutina, de método, de horarios, de agenda, de organización, de proyectos… y también de hastío, de aislamiento, de indiferencia, de renuncia, de abandono… Un accidente impidió que sus padres estuviesen con ella el día en que recibió el diploma. También estaba sola cuando supo que había conseguido entrar en la facultad de su elección. De cualquier manera, la ausencia que más sintió fue la de la abuela.
A pesar de todo, esa fue la primera vez que hizo las maletas con una sonrisa, un ligero escalofrío en la barriga y una cierta sensación de libertad.
Fueron cinco años de Facultad, seis mudanzas y un título universitario. No fue una mala época. Tampoco buena, recordó mientras colgaba su diploma en la pared de su nuevo domicilio. Cincuenta metros cuadrados que no necesitaba compartir. Atrás se quedaban las compañeras gritonas, las noches de jolgorio que no la dejaban estudiar, los líos con la portera, las confusiones con los vecinos… A final de cuentas, ¿no estaba sola en el mundo? Pues sola viviría.
En un inicio, lo que más le agradó fue la sensación de dueña que sentía al llegar a casa. Encontraba las cosas en el mismo lugar que las había dejado. Sabía exactamente lo que tenía en la nevera y su ropa continuaba dentro del cajón, doblada, limpia y perfumada. Pero esa sensación de gloria le duró poco. Cuando percibieron que vivía sola y no recibía visitas, sus solidarios vecinos se organizaron con la intención de no dejarla sola. Todas las mañanas le llegaba alguna invitación: cena con la familia del quinto, almuerzo de domingo con la pareja del segundo… Esto es un complot, gritó un día, harta de la buena vecindad que le había caído en suerte. Sin pensarlo dos veces, comenzó a empaquetar sus enseres y a prepararse para una nueva mudanza.
Les gustó el mismo piso. Se conocieron mientras lo visitaban. Él venía de provincias, para asumir una gerencia en una empresa multinacional. El piso estaba a dos manzanas del trabajo. Podría ir y volver a pie. Un lujo. Ella se enamoró de la terraza y del amplio cuarto con baño y… En un impulso, decidieron alquilarlo juntos, ¿por qué no? No, no fue un amor a primera vista. Se fueron enamorando poco a poco. Las almas gemelas también precisan de un tiempo para descubrirse. Fue un periodo placentero y feliz, tanto, que el mero hecho de pensar en la posibilidad de que acabase la hacía sudar. Sintió miedo, no quería perderlo, pero no quería vivir así. Odiaba la incertidumbre. Así que, hizo lo que mejor sabía hacer: preparó las maletas.
Amanecía cuando abrió el portal. Caminaba lentamente, la cabeza erguida, sin mirar hacia atrás. Por un segundo le pareció sentir el murmullo del viento rozándole el oído: vuélvete. Para qué, pensó. Vuélvete, el viento insistió una vez más.
Entonces volvió el rostro, alzó la cabeza y allí estaba él, en la ventana, con una sonrisa en el rostro y un cartel entre las manos, con la frase que siempre había querido oír y nunca le dijeron: No te vayas.





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¿Somos todos personajes?

Se quitó el mandil y lo colgó detrás de la puerta de la cocina. Abstraída, subió al altillo. Iba pensando en el personaje de su próximo relato. Durante algunas horas el tiempo sería de ella. De ella y de los personajes de su imaginación. Sin más preámbulos, se sentó delante del ordenador, lo encendió, abrió el Word y comenzó a escribir:
Paula levantó la cabeza por encima del monitor para ver quien había entrado, pero la sala continuaba vacía. Había cerrado la puerta con llave, estaba segura. No era su costumbre. Nunca lo había sido. Tenía claustrofobia. Por eso, durante mucho tiempo, vivió con la puerta entornada. Ni abierta ni cerrada. Sí, por supuesto, con la cadena de seguridad colocada. Vale, tal vez cerrada… pero entreabierta.
No, ahora ya no. Había miedos y miedos. Bastó que la portera le dijese que unos malencarados andaban merodeando por los aledaños para que comprase una puerta blindada con triple cerradura y pestillos de seguridad.
Desde entonces vivía trancada y con falta de aire. Precisaba salir. Pero el miedo a los grandes espacios era mayor que su claustrofobia. Algunas pocas veces, muy pocas, en un arrebato, había logrado traspasar la frontera del portal. En esas ocasiones, la pulsación se le aceleraba en la misma medida que le disminuía la capacidad respiratoria. Para colmo de males y sin necesidad de que la portera estuviese físicamente presente, sentía que unos ojos la observaban desde algún rincón del portal y, como dos rayos, esos ojos le quemaban la nuca.
Paró de escribir porque percibió que, para variar, su personaje era una mujer. Una mujer sola. No excluyó todo lo que había escrito, porque algo, tal vez una intuición, se lo impidió. Sonrió, bebió un trago de café frío y amargo y sumergió de lleno en el relato. Le molestó la insistencia chillona del portero automático, pero no se movió. Su imaginación estaba trabajando a pleno rendimiento y precisaba aprovecharlo. A final de cuentas, tenía menos de un mes para colocar el punto final en el relato de su última aventura.
No, la portera no era mala gente. Era, no lo vamos a negar, un poco cotilla. Tenía conciencia de su puerilidad. Pero, aun así, la vergüenza de que alguien la viese en aquellas condiciones, sumada al poco orgullo que todavía le quedaba, ayudaba a que se le disparase el botón del pánico. Sin conseguir controlarse, se arrastraba calle abajo hasta encontrar un banco donde sentarse sin que nadie la viese u oyese jadear.
Y allí se quedaba, quieta, con la cabeza agachada y los ojos cerrados, hasta que se le tranquilizaba la respiración y se le apaciguaba el corazón.
Sí, la puerta estaba cerrada.
¿Lo estaba? Bajó las escaleras al galope, quién sabe aún llegaba a tiempo de atender el telefonillo…
Volvió al ordenador. Se concentró. Retomó el trabajo. Desvaríos de una escritora, tituló provisoriamente. Pero, dos párrafos después, sintió el ruido de unos pies que, leves y ligeros, descendían las escaleras. Con cuidado para no hacer ruido, se dirigió nuevamente a la puerta. Primero coló el oído. Después miró por la mirilla. Nadie. Nada.
El silencio de la soledad nos hace oír los múltiples ruidos que habitan nuestra cabeza o rememorar todos los recuerdos que creíamos olvidados, pensó con desconfianza, mientras confirmaba, una vez más, que la puerta estaba cerrada.
Hacía catorce años que vivía sola, casi enclaustrada. Claro que no siempre fue así. Por supuesto. Aún recordaba la niña que había sido. Una niña a la que le gustaba jugar, andar en bicicleta, subir a los árboles. Una niña normal… hasta el día en que dejó de serlo.
¿Y ella, quién era ella? Resultaba fascinante dotar de carácter y personalidad a sus personajes, pero… ¿quién era ella?
Tú eres la autora, le dijo su alter ego. La autora no tiene dudas. Las dudas las tienen sus personajes. Yo, por ejemplo, declaró Paula, no sé si soy la jovencita espabilada que comentaban los profesores del colegio, o la mujer amedrantada que ya se acostumbró a ver el mundo desde la ventana y a mirar a las personas por el agujero de la mirilla…
No, no te equivoques, no te estoy recriminando. Sé muy bien que todos somos autores y personajes.
Así es, confirmó la escritora. Todos lo somos. Tú, yo… Todos.
Volvió a sentarse. Colocó los dedos en el teclado, pero no consiguió escribir. El horizonte nevado que exhibía la pantalla del ordenador la hipnotizaba, le recordaba algún paisaje conocido. No puedo reconocer lo que nunca he visto, se dijo en voz alta. La voz de su cabeza la contradecía. Acercó el rostro a la pantalla y vio una mujer a punto de caer del borde de un precipicio. Miró de nuevo y, por un segundo, le pareció que el rostro de aquella mujer era el de ella. Las ropas eran extrañas, el peinado diferente, pero el rostro… una carcajada retumbó en su cabeza. Apagó el ordenador y se quedó allí, absorta, delante de la tela oscura y aparentemente vacía.
En un rincón de la sala, las sombras de los personajes discutían acaloradamente: No aguanto más las estúpidas aventuras en las que esta escritorucha de tres al cuarto nos mete, comentó una voz. También estoy hasta el moño de que haga terapia a nuestra costa, señaló otra. Eso, puntualizó alguien desde la ventana, si quiere hacer terapia que se pague un psicólogo. Un momento, les interrumpió Paula, la protagonista del nuevo relato, nunca os pasó por la imaginación que también ella podría ser producto de la mente de algún autor…

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Tempo

Dedos intangíveis
acendem minha memória,
eriçam-me os sentidos,
sacudem-me as recordações.
Os sonhos cavalgam
no vento da saudade,
falam dum passado
que, embora já não exista,
permanece presente nas lembranças.
Trago a minha história gravada na pele,
enxergo além do que hoje vejo no espelho…
Pois é, sem cicatrizes não há beleza,
diz-me uma voz etérea que acredito reconhecer.
Que seria de nós sem elas?
Questiono-lhe prontamente.
Nada, me garante a voz, e continua
antes de que eu consiga rebater,
o tempo dissolve as cicatrizes do corpo, diluí-as.
Sim, assevero eu, transforma-as em nostalgia
e, algumas poucas vezes, em pérolas.
Somos feitos de luz e melancolia,
e é por isso, conclui a voz,
que a saudade é o verdadeiro estado do ser.

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