Tempo

Dedos intangíveis
acendem minha memória,
eriçam-me os sentidos,
sacudem-me as recordações.
Os sonhos cavalgam
no vento da saudade,
falam dum passado
que, embora já não exista,
permanece presente nas lembranças.
Trago a minha história gravada na pele,
enxergo além do que hoje vejo no espelho…
Pois é, sem cicatrizes não há beleza,
diz-me uma voz etérea que acredito reconhecer.
Que seria de nós sem elas?
Questiono-lhe prontamente.
Nada, me garante a voz, e continua
antes de que eu consiga rebater,
o tempo dissolve as cicatrizes do corpo, diluí-as.
Sim, assevero eu, transforma-as em nostalgia
e, algumas poucas vezes, em pérolas.
Somos feitos de luz e melancolia,
e é por isso, conclui a voz,
que a saudade é o verdadeiro estado do ser.

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Preludio

Ese punto final en el cuaderno
ese adiós retrospectivo,
ese aroma que llega del pasado
ese acento olvidado,
ese derroche de nostalgia,
esa puerta destrancada,
ese anhelo,
ese vaya usted a saber…
ese tal vez,
ese casi sí,
ese No que es un grito amordazado,
ese nuevo comienzo,
esa apertura de miras,
esas nuevas perspectivas,
ese caminar acompasado,
ese movimiento de caderas,
ese cabriolear por las aceras,
ese retozar en las hamacas,
esas citas clandestinas,
esas entelequias inauditas…
¿Esa es la vida?
¡Esa es la vida!
Un origami que admite mil dobleces,
mil esquinas que se cruzan,
mil ángulos que se encajan,
mil recodos donde esconderse…
¡Ah, la vida!
A veces, la miramos y es como un papel en blanco,
en el que nada vemos.
Otras, vislumbramos formas reticentes
que abandonan la guarida.
Voces febriles se deslizan por los márgenes,
vocablos agazapados patinan por los renglones,
letras inconexas revolotean el silencio:
Nace la palabra.
Y en el horizonte,
el Lucero del Alba resplandece.

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Manuel y María

 

Nunca nadie miró a María como la miraba Manuel. No recordaba cuando lo había conocido, se conocían desde siempre. Sí lo recordaba sentado sobre la losa que había a la entrada de la casa de su abuela, con sus pies grandes y no demasiado limpios, apretados dentro de unas alpargatas de lona. Lo recordaba con la cabeza inclinada, para protegerse de los rayos del sol de agosto, y mirándola absorto a través de las pestañas, ¿quieres jugar conmigo al escondite? Lo recordaba en el patio de la escuela reservándole un columpio y una sonrisa o esperándola a la salida, con la disculpa de que ella era demasiado menuda para cargar con esa maleta tan grande. Lo recordaba comprando dos helados pequeños, cuando su madre le había dado dinero para uno grande. Lo recordaba, porque apenas con los años de la infancia que habían pasado juntos, tenían recuerdos suficientes para llenar una vida entera.
¿Qué piensas María? No pienso en nada Manuel, pero tengo miedo. Aquí en el pueblo las cosas parecen calmas, pero mi hermano me ha dicho que en la capital la gente se está tirando a la calle. Unos a favor del gobierno, otros en contra. Tranquila mujer que no va a llegar la sangre al río. Anda, anímate, vamos a dar un paseo por el parque. Caminaban uno al lado del otro, muy juntos, pero sin tocarse. Lo último que deseaba Manuel era que el nombre de María cayese en la boca amarga de las beatas. A ratos se paraban para conversar, entonces Manuel aprovechaba para mirarla como solo él sabía hacerlo.
Eres demasiado optimista, aseguraba nerviosa María. No hace falta leer el periódico para sentir que los ánimos están cada vez más exaltados. Hoy don Nicanor, durante la homilía, dijo que la ley de divorcio aprobada por el gobierno era cosa del demonio, ¿no lo escuchaste? Claro que lo escuché, como para no oír su voz de trueno. Y, pregunto yo, ¿qué sabrá él de amor o de vida matrimonial para meter sus narices en esos asuntos? En lugar de colocar penitencias a diestro y siniestro o de llamar a las mujeres de pecadoras, tendría que escuchar a quienes se acercan a su confesionario en busca de consejo y consuelo. Dile eso a mi prima Maruja, que la expulsó del confesionario, cuando le respondió que al único demonio que ella había conocido en esta vida era la mala bestia del Cipriano, con quien tuvo que dormir durante más de tres años. No, no te rías que es verdad. No me rio. No se rieron más.
Habían quedado de encontrarse en la taquilla del único cine del pueblo. Querían ver El secreto de vivir, de Frank Capra. La película tenía buena crítica y, además, actuaba Gary Cooper, su actor favorito, y Jean Arthur, que lo traía loquito a él. Esperó a Manuel hasta el último minuto, pero al ver que no llegaba, entró pensando que, quizás, ya estuviese dentro. No lo encontró. Se sentó en una butaca y vio la película sola. Le gustó, pero sin él no era lo mismo ¿Por qué no viniste Manuel?
La guerra era una cicatriz abierta que nadie sabía cómo suturar. Dividió el pueblo en dos. Manuel se marchó a las trincheras. María al monte. Una enorme sima los separaba. Sabía que a él le había tocado ir al frente de Extremadura.
Ella cocinaba y cuidaba de los heridos del ejército republicano, mientras tarareaba el himno de Riego. Sabía de las andanzas de Manuel por un primo suyo versado en letras, que antes de la guerra estudiaba para cura en Madrid y ahora se había echado al monte. Era él quien leía una y otra vez a la angustiada madre, las pocas cartas que recibía de su hijo.
Supo que, durante la batalla de Badajoz, una masacre que costó la vida a miles de civiles, en la que fue ascendido a sargento del ejército rebelde, sus correligionarios lo llamaron héroe. Los demás, carnicero. ¿Dónde estás Manuel?
Ya Manuel no sabía nada de María, aunque intuía que continuaba siendo fiel a la República.
Al acabar la guerra él pudo salir de la trinchera y volver al pueblo. Ella continuó luchando en las montañas. Las guerras no finalizan el mismo día para todos.
Al principio intentó buscarla. Quería pedirle que regresara al pueblo con él. Tal vez por ingenuidad, quizás por jactancia, pensaba que su uniforme de sargento y sus medallas de campaña conseguirían salvarla. ¡No seas cándido Manuel!
El tiempo pasó. Cambió el uniforme de sargento por el de guardia civil y rehízo su vida sin ella. Casi la olvidó. España también debía olvidar, ni que fuera por decreto. Y mientras la prensa informaba de la paz que reinaba en la piel de toro, de la guerra que arrasaba Europa y Pepe Blanco cantaba “Cocidito madrileño” en la radio, para los maquis la guerra civil aún no había terminado.
Los encontraron en una encrucijada. Estaban hambrientos y enfermos. Se dejaron coger. Fueron a juicio sumario y de allí al paredón. Lo llamaron a él. Estaba de guardia. Llegó junto con otros seis compañeros de cuartel. El grupo maltrapillo ya estaba contra el muro. Ella también. La reconoció al instante. Estaba envejecida, pero era ella. La miró como siempre la miraba. Durante todos esos años había guardado esa mirada para ella. ¿Por qué? Dios ¿Por qué tenía que ser así? Ella también lo miró. Le sonrió como cuando era niña y, como cuando era niña, colocó la mano sobre el corazón. Él continuó mirándola como solo él sabía hacerlo, mientras daba las órdenes al pelotón.
Nadie volvería a mirar a María, como la miraba Manuel.

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Intangible

La vida, frágil, transitoria y efímera por definición,
cual bruma mañanera se desvanece.
La vida es un soplo fugaz,
un rayo de luz que, al materializar lo intangible,
canjea la eternidad por un rostro, un cuerpo,
una presencia.
Meros pretéritos somos los humanos,
legatarios profanos de un tiempo inexistente.
Quizás la vida nos reincorpore al ancestral céfiro,
quizás la muerte, su fiel aliada, nos atavíe
con el nocturno silencio de antiguos despertares.
El ocaso anochece sin ángelus, ensueños o mañanas.
Sombría, la estrella del alba
ya no tiñe de rubor las madrugadas.
Saturnina y mordaz, la oscuridad se expande.
Los humanos caminamos hacia atrás,
y en este retroceder impenitente,
una desasosegada luna rastrea el vaivén de la memoria,
que se marchita de olvido y de nostalgia.
La tierra rumorea el ciego crujir de los sarmientos,
el mar se cubre de aflicción y de silencio.
Así es la muerte, nuestro duro pan de cada día,
así, amiga mía, es la propia vida:
un solitario fluctuar entre la inexistencia… y la nada.

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El marido de Muriel

No consigue andar. El sopor aletarga sus miembros. Sus dedos no se mueven. Sabe que el sol merodea su ventana. Pero no lo ve. Tampoco la niebla. Solo percibe el silencio. Se esfuerza para intuir lo que no entiende. ¿Cómo puede alguien ver lo que no existe? ¿Y yo, existo? Un escalofrío recorre su espalda. Una garra comprime su estómago, estruja su corazón, presiona su garganta. ¿Será miedo? Una voz hermética le susurra al oído: sí, es el miedo. El miedo y la soledad.
Estás enloqueciendo, se dijo a sí mismo. Desde que murió Muriel la casa le viene grande, se pierde por los corredores, tropieza en las escaleras. Piensa que el dormitorio murmura viejos lamentos, que la cama lo engulle. Me está masticando, grita. Corre hacia la ventana, pero las cortinas lo amordazan y las persianas están atoradas. Sus gritos se fosilizan en ininteligibles gruñidos inconexos, que rebotan contra las paredes y se mezclan con el eco de antiguas conversaciones. Hasta los muebles están llenos de sombras que se balancean y bailan y derraman recuerdos sobre las alfombras. Estoy aquí. ¡Aquí! ¡Miradme! ¡Os digo que me miréis! Un rayo de sol juguetea con los dibujos de la colcha. ¡Miradme! ¡He dicho que me miréis! ¡Estoy aquí! Pero solo el silencio rebota contra su pecho como una carcajada.
Entró con ella en brazos. Acababan de casarse. La guerra había terminado. La vida vibraba en cada rincón y ellos soñaban sueños de futuro. El tiempo vuela, le comenta una foto que, amarillenta, reposa encima del aparador. ¿Qué pasó con nosotros, con nuestros sueños? Le pregunta una Muriel vestida de novia, desde la fotografía que preside la sala de estar. Las guerras nunca acaban, le responde. Apenas se esconden, concuerda ella. Continúan dentro de nosotros, agarradas a nuestras vísceras, escondidas en nuestras arterias, agazapadas en nuestro corazón… La nuestra nunca se acabó. La vivíamos cada vez que oíamos el estruendo de cualquier tormenta, cada vez que nos mirábamos a los ojos, cada vez que percibíamos en otras miradas, el resplandor de nuestro propio miedo.
No sabe qué día es, ni qué año. Tampoco le importa. El tiempo no existe… Sin Muriel, sólo la nada. Estaba embarazada. Iban a tener un hijo. Compraron una cuna. La vida revoloteaba nuevamente. La vida era más fuerte que cualquier guerra. Se sentían alegres, casi felices. Pintaron de amarillo la habitación. Pero la vida es un lapso, a veces un soplo y a veces nada. Al final, la vida siempre se desvanece, susurra una voz desde el aparato de radio. Lloraron cuando perdieron el primero, volvieron a llorar en el segundo y en el tercero… después se les secaron las lágrimas. Ojos yermos. Vientre vacío. Estaban resentidos, odiaban la vida y se despreciaban. Dejaron de salir, de hablar. Apagaron las luces. Cerraron las ventanas. Solo conservaron la guerra.
Pasaban los días sumergidos en una interminable y silenciosa batalla. Una batalla que, paradójicamente, Muriel venció al morir. Te quedas solo, murmuró con un hilo de voz, no tendrás más remedio que batallar con tu propia sombra y esa, querido mío, si la sabes luchar, será la más difícil y sublime batalla de tu vida, pues más que cuerpo a cuerpo, será alma a alma. Ojalá consigas ser magnánimo y compasivo con el contrincante de esa sutil contienda. La gran batalla, amado mío, uno la lucha en soledad. Le entregaron las cenizas una semana después. Las cenizas de Muriel reposaban dentro de un cáliz. No sintió nada al recogerlas. No sintió nada al dejarlas sobre el tocador del cuarto amarillo que jamás fuera utilizado. No sintió nada al cerrar la puerta con llave. No sintió sus gritos fosilizados rebotando por las paredes. No sintió el contoneo de los muebles, ni los recuerdos derramados sobre las alfombras.
Él era apenas una sombra, un lapso, un paréntesis, un soplo que se deshace con el viento y desanda el camino, paso a paso, hasta percibir que se le marchitaron todas las palabras. Por favor, Muriel, estoy cansado de luchar. Aparta de mí las imágenes vacías de los espejos. Los días no amanecen y yo veo el calendario del revés. Un día menos, se dijo casi feliz, a la espera de una dulce noche sin mañana.
Luego, desnudo ya de palabras, el marido de Muriel abrió la boca. Desde el otro lado del silencio, las pocas letras que aún insistían en existir se entrelazaron en un gemido que, cual deshojada hoja seca, sucumbió sobre las blancas sábanas del lecho matrimonial.

título pintura: Retrato anónimo de un hombre solo

Autor: Pio César Robla Álvarez

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El Gavilán

No era la primera vez que lo veía salir de un Club al lado de una mujer que no era la suya. Sabía que se encontrarían al cruzar la calle y que él miraría hacia otro lado para no verla. Aceleró el paso para evitar su constreñimiento. Fue en vano. Incluso tuvo la impresión de que él, al verla, lo aceleraba también.
Como os dije, ya se lo había tropezado abrazado a una amiguita en muchas ocasiones. ¡Muchas! Los de la capital, no os imagináis lo pequeñas que, en ciertos momentos, pueden parecer las ciudades de provincia. Pero esa fue la primera vez en la que, al menos aparentemente, él quería ser visto. Sí, lo deseaba. Estaba segura. Lo supo en el instante en que sus ojos se encontraron. Ella apartó la vista. Él continuó encarándola. Percibir su impudor la perturbó aún más.
Aunque ella no quería mirar, sus ojos desobedientes insistían en escudriñar aquel brazo que, con aparente displicencia, rodeaba la cintura de la desconocida y la mano que jugueteaba con los bordados del bolsillo del pantalón. Sintió el rubor inundándole las mejillas y tuvo rabia. Él que traicionaba a su mujer y ella que se sentía avergonzada.
Amigos inseparables, se conocían desde siempre. Cuántas madrugadas de estudio, copas y confidencias. Cuántos finales de noche en los que, abrazado a una morena despampanante o a una rubia melancólica, él le había preguntado, con ojos pícaros y sonrisa inocente, sí a ella no le importaba volver sola para casa. Sí, él siempre había sido el niño guapo y divertido que conquistaba corazones y ella la niña tímida y estudiosa que reía todas sus gracias.
Pero él era, ahora, un hombre casado y padre de familia. Además, ella estaba cansada de cubrirle las espaldas. A final de cuentas, para esos menesteres, ya tenía a su madre.
Cuando nació parecía un querubín, afirmaba la madre con orgullo, los ojos nublados por la emoción. Sí hasta hoy conserva la carita sonrosada y la mirada resplandeciente. La mujer que consiga engatusarlo y llevarlo al altar ganó la suerte grande. Nunca hubo un novio más guapo en este mundo… Diariamente, mientras sacudía las alfombras o recogía la ropa del tendal, la buena señora repetía incansable su letanía.
Que la escucharan, o no, carecía de importancia. Y ya veréis que nietos más preciosos me va a dar, garantizaba ella poco antes de cerrar la ventana.
Que tenía cara de bueno nadie lo podía negar, pero su mirada, antaño resplandeciente, permanecía nublada por una tristeza que él se empeñaba en negar. Ni los hijos, que efectivamente eran tan lindos que a la abuela se le caía la baba con solo nombrarlos; ni la esposa que, a pesar de los pesares, paseaba orgullosa agarrada a su brazo; ni el trabajo aparentemente bien remunerado; ni los amigos de siempre consiguieron diluir la sombra de amargura que parecía atormentar su vida.
No es lo que parece, le dijo cuando la alcanzó. Es una buena amiga, como tú. Ana viajó con los chicos y… Cállate. No tienes que decirme nada. Con la única que debes hablar, caso quieras hacerlo, es con tu mujer. Por mí no te preocupes, la próxima semana salgo de la ciudad. Asuntos de trabajo. Pasaré algunos años fuera. Y sin más palabras aceleró el paso y se fue. Se fue dejando a la chica con el brazo estirado y a él con la palabra en la boca. Se fue sin mirar hacia atrás.
No, no temía transformarse en una estatua de sal. Temía encontrar nuevamente su mirada. Temía que él se viese impelido a correr en pos de ella y la alcanzase. Temía que él le contase algo que ella no deseaba oír. Pero él se quedó allí, inmóvil, siguiéndola con la mirada hasta perderla de vista.
Años más tarde el acaso quiso que se encontrasen en el Hall de un hotel. Ella estaba sola. El también. Has vuelto por el pueblo, le preguntó él. Llevo algún tiempo sin aparecer por allí, respondió ella. Entonces imagino que no sabrás que me separé. ¿Otra mujer? No, querida, nunca hubo otra mujer. Ana regresó repentinamente a casa y me pilló en la cama con el que hoy es mi marido.
Mientras me contaba su verdadera historia, entre una y otra copa de vino, percibí que su mirada resplandecía.

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Un amor de vecinas III

Llegará un momento, más temprano que tarde, en el que se mirarán y percibirán que una es el espejo de la otra y viceversa. Soy capaz de apostar cualquier cosa, sí, cualquier cosa. Porque, aquí entre nosotros, sí Piedad es Implacable, Dolores es despiadada. Y si Dolores es rencorosa, Piedad es resentida. Sí, ya sé, por el tenor de mis palabras, pensáis que yo no me quedo atrás. No, no os cortéis. ¿Creéis que ya no lo he pensado? Incluso, en ocasiones, se me ocurre que, quizás, la peor de las tres sea yo. ¿Qué quién soy? A ver, cómo os lo podría decir. Yo soy una especie de voz de la conciencia o, mejor aún, soy la narradora. Vamos a dejar a esa tal conciencia en paz.
Por supuesto que ellas ni me conocen, ni saben quién soy. A veces nos cruzamos por la escalera, que por algo vivimos en el mismo edificio. Incluso, en un par de ocasiones, subimos juntas en el ascensor. Pero ellas viven tan ensimismadas en esas tales circunstancias, de las que ya nos habló suficientemente Ortega y Gasset, que son incapaces de ver nada que no sean ellas mismas.
Aunque, puede ser, que no hayan percibido mi existencia porque vivo recluida en mi piso desde mucho antes de ellas pensar en vivir aquí y, por no hacer, ya no hago parte ni del paisaje, cuánto más de las reuniones de vecinos. Yo a ellas sí que me las conozco muy bien. Las conozco tanto, que me atrevo a decir que es la crueldad, y no el tendal, lo que las mantiene unidas.
En la actualidad, las dos están añosas. Debo reconocer, si deseo ser justa, que se conservan mejor que muchas mujeres de su generación. Tal vez esa obsesión que, como un resorte, las impulsa de la cama todas las mañanas, con el único propósito de rumiar y cavilar nuevos tormentos que amarguen la vida de la vecina, sea la misma que les paraliza el envejecimiento. En fin, en el fondo no son más que dos niñas, perversas, sí, pero niñas, al fin y al cabo.
Mi caso es diferente. Sus tejes y manejes me distraen. No puedo negarlo. Incluso, me deleitan, pero de una manera más metafísica e intelectual. Ellas avivan mi curiosidad, activan mis neuronas. Me revitalizan. Lo que ellas no saben y yo no les pienso decir, es quién tira de los hilos que conducen sus vidas de marioneta. Osáis adivinar quién antevé posibles infortunios, proyecta escenarios apropiados, mentaliza escenas o planifica argumentos. Jamás lo sospecharíais. Ellas tampoco.
Y si os dijese que quién escribe, corrige y reescribe el guion, hasta considerarlo medianamente verosímil; quien teje los intricados nudos de la telaraña de insidias en donde siempre se quedan pegadas; quien manipula y dirige sus actos, desde un sillón a pie de ventana, sin que ellas lo perciban, soy yo. Yo, la mujer invisible, que nunca sale de casa.
Podría deciros que tanto Dolores cuanto Piedad son obras mías. Productos de mi imaginación, a los que he dado cuerpo, sentimientos, pasiones, pudores y algunos vicios. Podría deciros también que son ellas quienes me crearon, que, sin ellas, yo jamás existiría. Deciros que, en última instancia, yo soy la secuela de sus frustraciones, el corolario de sus intrigas y la materialización de sus pensamientos.
También os podría contar que mi vida comenzó el día en que esas dos mujeres, cada una por su lado, llegaron a este edificio y tuvieron su primer enfrentamiento. Sí, desde ese día, nuestras vidas se confunden. Ya llegué a pensar que la mía transita por las entrelineas de las suyas. Ellas tienen mucho de mí. Pero yo, a cada día absorbo más de ellas. Casi podría aseverar que las saboreo.
Llegué a pensar en la posibilidad de, finalmente, salir de la sombra y presentarme un día en su casa. Sí, en la de las dos al mismo tiempo. Primero llamo al timbre de la derecha y después al de la izquierda. ¿Os imagináis una de cada lado y yo en el medio? Ah, qué queréis saber qué disculpa he inventado para presentarme allí. Os lo diré, calma. Primero debo reconocer que no me ha sido fácil. He cavilado bastante. El tiempo nunca me preocupó. Es lo único que tengo de sobra. Os juro que he sudado almohadas, durante mis largas noches de insomnio, pensando en ellas; que he rumiado ideas y posibilidades, hasta freírme literalmente los pensamientos, para llegar a una conclusión. Tranquilos, no me mortifiquéis, ya os la voy a contar.
El día de Navidad me vestiré de mamá Noel, bajaré a su piso y llamaré a sus puertas. Sé que estarán solas. Dolores, como siempre, observará la calle con la nariz pegada al cristal. Piedad, en su cocina, preparará un tente en pie, mientras canta a pleno pulmón para no llorar. Demoraran. Pensarán tres veces antes de abrir la puerta, pero abrirán y la abrirán al mismo tiempo. La curiosidad de los necios es la aliada de los perseverantes. Y cuando las abran, allí estaré yo y, en nombre de todos los vecinos, les regalaré unas cuerdas nuevas para el tendal.

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