Presagio

El miedo cria alas
y espejos,
se pierde en la memoria.
Su rostro se refleja en mis pupilas,
después se apaga.
Incomprensibles,
las palabras resbalan,
huyen de las puntuaciones,
las letras escalan intrincados jeroglíficos.
Solo nos queda la risa,
y el silencio.

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Por la ventana

Las copas de los árboles
Las antenas de los tejados
Las tormentas estivales
El humo de las chimeneas
Las nubes preñadas de aguacero
La niebla densa de la mañana
La pizarra de la escuela
El primer vuelo de los mochuelos
Y el uniforme de la nena

Que abran todas las ventanas
Que haya vida en la escalera

Las botas negras del transeúnte
Los socavones de las aceras
Los baches de la calle
Los gritos de la portera
La lluvia que repiquetea en los cristales
El niño que salta los charcos
El mendigo que duerme al relente
Los ojos que observan el tragaluz
Y los pasos que pasan apresurados

Que haya ropa en el tendal
Que haya trabajo y escuela

El edificio de enfrente
El tendal de la vecina
El niño que reniega la escuela
El dueño de la botica
La niña que juega rayuela
El perro del hortelano
El carro de la panadera
Los juegos de los chiquillos
Y el bullicio de la escalera

Que haya comida en el plato
Que haya alegría a la mesa

El humo de las chimeneas
Las botas negras del transeúnte
El tendal de la vecina
Los gritos de la portera
El primer vuelo de los mochuelos
La niña que juega rayuela
Las antenas de los tejados
El mendigo que duerme al relente
Y el niño que reniega la escuela

Que haya ecuidad en las calles
Que las ventanas permanezcan abiertas

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Un amor de vecinas II

Que soy verde, me dice. Las aceitunas también lo son y bien que le gustan. ¿Envidiosa yo? ¡Faltaría más! ¿Quién se creerá ella para juzgarme? Porque, si yo soy verde, ella es rubicunda de padre, madre y abuelos. Sí, lo habéis adivinado, soy la vecina de puerta de la escarlata. No, no se llama Escarlata, la llamo así por el tono carmesí que adquiere su rostro cuando se enfurece. En realidad, se llama Piedad. Sí, os lo juro, no os riais. Ella dice que mis padres, aunque no lo supieran, me pusieron justo el nombre para el que nací predestinada. Puede ser. No se lo discuto. Lo que yo digo, es que los suyos no tenían ni idea de lo que estaban haciendo cuando decidieron el nombre que le iban a dar. Os imagináis la decepción y el disgusto de esos padres cada vez que se veían obligados a pronunciar su nombre. Porque llamar Piedad a semejante energúmena no tiene perdón.
Sí, a mí me gusta mirar, ¿algún problema? Para eso están las ventanas, ¿o no? Y si no quiere que la vea, que se esconda detrás de las cortinas, como hago yo. Pero no, lo que a ella le gusta es criticar y poner el grito en el cielo para que todos la oigan. Que me sé muy bien de que pie cojea. Son muchos años compartiendo tendal. Además, es de conocimiento público que a la escarlata le encanta exhibirse. Cantar a pleno pulmón con la ventana abierta de par en par. Mostrar al mundo su rostro rojizo e irascible. Comentar a gritos sus pareceres para que todo el patio de luces se entere.
Os aseguro, con el conocimiento adquirido tras largos años observándola, que me conozco todas sus manías. Por eso afirmo que no es por pulcritud que lava la ropa un día sí y otro también. Su ropa está limpia. Sus únicos trapos sucios son los que suelta a voces por la ventana, ya me entendéis. La ropa le sirve de disculpa para, al tenderla, debruzarse sobre el marco de su maldita ventana y exponer ante la vecindad su disconformidad y veredicto sobre casi todo y todos. Sí ella dice que yo me paso la vida detrás de los visillos. Yo digo que ella se la pasa debruzada sobre el balcón.
Y pensar que quise ser como ella. Sí, como ella. Al principio me parecía simpática, despachada e inteligente. Craso engaño. Yo soy tímida, más de teoría que de acción y ella era puro dinamismo. Me sedujo su hambre de vida. Me encantó su inagotable energía. Afortunadamente ya pasó. Ahora sé muy bien quien es mi vecinita de enfrente. Prefiero ser verde.
Siempre fui de poco comer. Una ensaladita con una cucharadita de aceite. Un filetito de pollo con muy poquita sal y un chorrito de limón, a la plancha. Un huevo poché. Y poco más. Soy muy parca en lo que a alimentación se refiere. A veces, con tal de no cocinar, prefiero pasar el día a galletitas de soda y té. Ya la rubicunda de enfrente nos inunda el patio con los extraños olores que salen de su cocina. Ella se cree una máster chef. Pero, vistos desde aquí, sus platos parecen unos mejunjes no demasiado apetecibles, más bien todo lo contrario.
Aunque lo peor es que no sabe cocinar con la boca cerrada. Ella dice que canta. Yo digo que berra más que un grajo. Además, se pone colorada, tan colorada, que cualquier día va a estallar. “Dame limosna de amores, Dolores, dámela por caridad…”, grazna con sorna, desde la ventana de su cocina, sin disimular la risa. Ya verás tú lo que te voy a dar, pensaba yo entre lágrimas, no pierdes por esperar.
Los días desfilaban impasibles delante de mí cortina y yo me eternizaba allí, mientras que ella, burlona, continuaba cantando. Un martirio. Hasta meditación llegué hacer para ver si así controlaba mis emociones. Por su culpa, odié mi nombre. Dejé de hacerlo el día que percibí como mi sufrimiento la hacía disfrutar. Ese día las cosas comenzaron a cambiar.
Cantaba cuando fui a despedirme. Ya no la aguantaba más y se lo dije, quise dejarle un mal sabor de boca. La verdad es que aquel día, al mirarme al espejo, había visto que, efectivamente, mi color era cetrino. Hasta sonreí cuando percibí que el tono de mi piel combinaba con el jersey verde musgo que llevaba puesto. Por primera vez en mucho tiempo examiné con agrado la imagen que me mostraba el espejo. Pero entonces la visualicé, me resultaba fácil hacerlo, y la vi tan purpúrea, tan visceral, tan vital, tan ella, que supe que mi única salida era hacer las maletas y huir. Mi error fue llamar a su puerta para echárselo en cara. El de ella su miedo obsesivo a la soledad y esa necesidad imperiosa de sobreactuar para lo que ella llamaba su público. Me miró con el rabillo del ojo. La miré de abajo arriba. Soltó una carcajada. Sonreí para mis adentros mientras le decía que podía reírse hasta reventar, porque sería la última vez que lo hiciera.
Quédate, me dijo en un impulso y, en un impulso, me quedé. Sí, me quedé. Sin más pamplinas. Y aquí estamos las dos, cómplices y unidas por un tendal. Bien es verdad que nunca más hablé con ella. Tampoco la volví a molestar. Ella, de vez en cuando, me canta la canción de Dolores y, aunque en el fondo me sigue doliendo, salgo de detrás de la cortina la miro así, de refilón, y sonrío. Lo que hago después es cuestión mía.

Ilustré mi cuento con una fotografía del cuadro Trapitos al sol, obra de la pintora argentina Soledad González del Cerro.

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La nada y la forma

El silencio me inunda el cuerpo de vacíos,
más, contradictoriamente, me siento plena.
Le miro, pero ya no busco palabras en su mirada.
No las encuentro.
Mira a través de mí sin verme, sin verse.
Sin sentir el hueco que produce,
llena de aire los espacios,
que no consigue volar.
La cicatriz sangra a través del espejo,
los rostros se apagan,
los cuerpos se diluyen.
No existo porque no existes,
no eres porque no soy.
¿Dónde se ha escondido el cuerpo en que habitábamos?
Somos el sueño de una quimera.
Un sueño que se evapora.
Yo me fusiono y él se expande,
yo me hago éter y él se hace aire,
pero unidos,
ah, unidos somos luz.

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El colibrí

Me duele el aleteo del colibrí
que vuela entre secas flores
de agua azucarada plastificada.
Me entristece la angustia
de la flor abandonada,
sin néctar, pistilos o alegría.
El jardín cruje otoños,
la vida se vuelve opaca
y el colibrí, ahora inerte
sobre una flor de hibisco,
percibe que, en breve,
se olvidará de volar.

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Un amor de vecinas

Sentía envidia, sí. Mucha. Su piel tenía un cierto tono verde oscuro de pura envidia. Lo había conquistado a pulso, no lo dudéis. Era perseverante, la señora. Al menos, en eso, lo era. Pasaba las veinticuatro horas del día detrás de las cortinas de la ventana, observando el quehacer de los vecinos y destilando bilis por la comisura de los labios. No sabía vivir de otra manera. A veces pienso que ni dormir, dormía. ¿Por qué los demás sí y ella no?, se repetía cientos de veces al día. Sus palabras estaban revestidas de amargura. Su mirada era triste. Hasta su postura parecía atribulada. Vamos, que Dolores era la más perfecta imagen de la aflicción. Sí, para más inri, se llamaba Dolores. ¿Qué por qué lo sé? Soy su vecina de puerta y, además, la ventana de mi cocina mira directo a la suya. Así que, cuando no nos vemos mientras tendemos la ropa, nos intuimos por detrás de los visillos.
Yo la oía imprecar desde el amanecer y me desagradaba. Ella me oía cantar a pleno pulmón y le desagradaba aún más. No sé si ya os comenté que, a mí, mientras cocino o lavo la loza, me gusta cantar. Siempre me gustó. Pero, desde que percibí lo mucho que a ella le irritan mis cantorías, me gusta todavía más. Generalmente canto las mismas coplas que cantaba mi madre cuando realizaba esas mismas faenas. Un día, hace ya algún tiempo, estaba yo enfrascada en mis labores culinarias y, casi sin darme cuenta, comencé a cantar. Las coplas iban surgiendo indiscriminadamente y, a cierta altura, entre un ajo y un pimentón, canté “Dame limosna de amores, Dolores, dámela por caridad…” Me llamó de todo menos guapa y resaltó que ella a mí, por no darme, no me daría ni la hora. De cualquier manera, tengo certeza de que sus padres le pusieron ese nombre con la mejor de las intenciones. Ni se imaginaban que había nacido predestinada.
Me preguntas si era hermosa. Mucho. De una belleza seductora, pero ella no lo sabía y caso lo supiese, parecía ignorarlo o, quién sabe, sufrirlo. “Ay, señor del gran poder, ¿qué te hice yo para merecer tanto desasosiego?”, se preguntaba todas las mañanas, mientras se miraba al espejo. Alguno rompió, sin importarle los siete años de desdichas. “¿Por qué -repetía una y otra vez- siento esta pesadumbre que, cual tenaza, me oprime el pecho y no me deja respirar?”.
Un alma compasiva le habló de los beneficios de la meditación y, de hecho, durante las primeras semanas la sentí más serena, menos pendiente de los demás. Hasta llegamos a pensar que se había enamorado. Nos equivocamos. La meditación que, en un principio la tranquilizaba, con el paso del tiempo le provocó ansiedad. Fue la época que más espejos rompió, “no quiero verme”, gritaba desasosegada mientras corría posesa hacía la ventana de la sala.
Otro día escuchó el comentario de una vecina sobre el bienestar que el deporte le proporcionaba, al activar las tales hormonas de la felicidad, y se apuntó a un gimnasio. Pero lo único que consiguió sentir allí fue envidia. Envidia del cuerpo modelado de la profesora; envidia de la flexibilidad de la compañera de yoga; envidia de la velocidad que alcanzaba la joven que corría en la caminadora de al lado; envidia de la constancia de las chicas del spinning. El tono de verde de su piel se tornó más intenso. Volvió para casa y cerró la puerta con llave. El mundo no la merecía. Lo único que en aquellos días parecía consolarla era espiar a los vecinos, escondida tras la cortina de la sala.
“Míralos que felices parecen”, me comentó, así, sin más ni menos, una mañana mientras tendía la ropa. “¿Quiénes?”, pregunté levantando la vista y mirándola. “Los vecinos del tercero”, susurró indecisa, mientras que, con la cabeza inclinada, intentó mantener mi mirada sin conseguirlo. Enseguida, antes de que me diese tiempo a abrir la boca, cerró la ventana apresuradamente. Luego, estuvo un buen rato detrás de las cortinas observando mis movimientos.
Sé que intentó comprender ese sentimiento que, además de producirle dolor, la mantenía encadenaba a sí misma. Sé que intentó liberarse sin conseguirlo. “Lo tengo adherido a la piel y a las entrañas”, se martirizaba, mientras restregaba el cuerpo con piedra pómez. Despreciaba lo que tenía y deseaba lo que sabía que nunca podría tener. Aquello era una enfermedad. Estaba enferma. Tan enferma que no podía convivir con quien quiera que fuese. No tenía amigos. Cualquier logro ajeno la ponía a morir. Primero pensó en suicidio, pero no tuvo valor. Después decidió que viviría sola en algún lugar solitario. Quién sabe, caviló, si no veo lo que los otros tienen, consigo ser feliz con lo que tengo yo.
Ese día llamó a mi puerta. Miré por la mirilla y la vi. La maleta descansaba encima del felpudo. Estuve a punto de ignorarla. Pero sé que, con el tiempo, me hubiera arrepentido. Así que, sin más vueltas, abrí la puerta de par en par. Confieso que, al hacerlo, sentí un desagradable hormigueo en la sien y que, al verla tan aparentemente desvalida en el rellano, el furor que ella me provocaba me inundó las mejillas. Para no explotar, conté hasta veinte. Después levanté la vista y la encaré. Sus ojos observaban los propios zapatos. Su piel cetrina combinaba con el jersey verde musgo que llevaba puesto. Con el rabillo del ojo avisté el color rojizo de mi camisa e imaginé la tonalidad sonrojada que invadía mi propio rostro. Envidia y rabia frente a frente, pensé, liberando la carcajada que se empeñaba en salir.
Me voy, dijo ella. Puedes reírte hasta reventar. No te voy a molestar más con lo que tú llamas de mis argucias, chismes y patrañas.
Quédate, le espeté yo, en un impulso. ¿Con quién me voy a pelear si tú te vas?
No se fue. Nunca más llamó a mi puerta. Tampoco volvimos a conversar. A veces, mientras tiendo la ropa, le canto la canción de Dolores. Entonces ella sale de detrás de la cortina, me mira de reojo y sonríe.

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La luna y el sol (eclipse II)

Estelares encuentros,
fugaces e intensos.
A veces espaciados
en el tiempo.
A veces distanciados
en la inmensidad.
Jamás en la pasión.
Anochece.
Medio adormecido,
medio sonrojado,
un sol, indolente,
continúa su derrotero,
de nuevo solitario.
Plena, tras el encuentro,
la luna se despereza satisfecha.
La noche parpadea,
nacen las estrellas.
En un pequeño planeta,
En los confines del universo
algunos pocos
contemplan el firmamento.
Los demás duermen.

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