El Beso de la Luna y el sol

Hoy el cielo tiene un monocromático atardecer,
vestido de plata, argéntea el pedazo de firmamento
que surge al otro lado de la ventana de mi despacho.
Dicen que está empañado el sol,
eclipsado por la luna.
No es un eclipse, señores,
es un beso de amor.
El cielo está en penumbra, a media luz,
para que los amantes sientan la intimidad del encuentro,
y se enlacen y entrelacen,
y se acoplen y se abracen,
y se seduzcan y se amen…
Hasta que, consumidos, pero enteros,
renazcan, una vez más,
iluminados por su amor,
Sol y luna, Luna y sol.

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Al otro lado de la hoguera

Quería huir. Abrió la puerta y la noche la recibió cálida. Se adentró en ella. Le embelesaba el perfume que exhalaba la tierra. El olor a madera. La fragancia sutil de los jazmines. El aroma intenso de los anturios. La oscuridad la tranquilizaba. Sus sonidos le apaciguaban los miedos y le incentivaban la imaginación. Se dejó seducir por los murmullos nocturnos de la naturaleza. Algún día aprendería su lenguaje, pensó mientras caminaba por la angosta senda que, zigzagueante, acompañaba el trazado del río. Una ráfaga de viento llevó hasta su oído los dulces arrullos de un grupo de gnomos cantarines. Supo, entonces, que las vería. Su instinto le dijo que esa noche lograría verlas y se escondió detrás de unos matorrales. Allí estaban ellas. Minúsculas y bellas. Decenas de hadas que reían, bailaban y realizaban insinuantes piruetas alrededor de las juguetonas llamas de una hoguera. Allí estaba ella también.
Pero el mundo que amaba finalizaba con la primera luz del amanecer. Pues, el amanecer, al contrario de la noche, le producía angustia. Una angustia que se iba multiplicando, día tras día, cuando la luz de la mañana la obligaba a enfrentar una realidad que no comprendía, que no deseaba, que no era de ella. Una realidad que la hostigaba y de la que precisaba esconderse. Se ocultaba detrás de unas gruesas gafas de bibliotecaria, un sombrerito de media ala, una falda marrón, una blusa beige y unos zapatos abotinados con cordones.
No, no penséis que temía la soledad. Nunca la había temido. Al menos no lo recordaba. Sentía, eso sí, un vacuo profundo en el pecho. Un vacío que le transbordaba la mirada. En realidad, lo que más temía era su propia cerrazón. Ella se conocía. Era así desde siempre. Ya estaba acostumbrada. Los vecinos no. Por eso chismorreaban por las escaleras, murmuraban en el supermercado, cotilleaban en el Centro de Salud… “Es de otro planeta”, decía un vecino en la frutería. “Las gafas esconden una mirada mortal”, comentaba un segundo en la farmacia. “Parece una olla a presión, cualquier día va a explotar”, aseguraba un tercero en la tienda de ultramarinos.
No, no pensaba volver. Aquella noche había cerrado la puerta por última vez. Huiría a su bosque y a su río. Viviría con sus gnomos y sus hadas. Abandonaría todo lo que nunca había deseado. Había decidido escapar y escaparía.
¿Escaparía? ¿Escaparía de quién? Desde lo alto, una luna menguante observaba sus movimientos. ¿Escaparía de quién?, insistió en voz alta, si estaba sola. ¡Si siempre estuvo sola!
¡Escaparía de mí!
Sin conseguir detenerlo, su grito escaló las cuerdas vocales se acomodó por un instante en el cielo de su boca y, enseguida, resurgió impetuoso y vehemente como un proyectil: ¡Escaparía de mí!
Fuegos artificiales volaron en busca de ese universo inmenso, infinito e inabarcable que la invadía, la sofocaba, la subyugaba y la atraía como un imán. El rumor del agua acompañaba sus suspiros.
En un claro del bosque, alrededor de una hoguera de alegres llamas, un nutrido grupo de gnomos y hadas aguardan su llegada para conmemorar el solsticio de verano.
Desde este lado de la noche, una voz grave y aterciopelada también incitaba a los mortales a disfrutar de la fiesta: Al otro lado de la hoguera podrás saltar, que hoy es la noche de San Juan. El portal permanecerá abierto hasta el sol rallar, que hoy es la noche de San Juan. Viva la danza y los que en ella están…
La buscaron durante meses, cuando notaron su ausencia, pero nunca la encontraron. Algunos, entre bisbiseos y susurros, comentan que todos los años, por la noche de San Juan la escuchan cantar: Viva la danza y los que en ella están que hoy es la noche de San Juan. Los dos lados del camino podrás andar, porque hoy es noche de San Juan. Viva la danza y los que en ella están… ¡Ay, qué ganas de pecar, Señor San Juan!

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Ellas en mí

¿Cuántas mujeres habitan en este cuerpo roto
tantas veces remendado?
¿Cuántas mujeres ya he sido y he olvidado?
¿Estarán sus voces aún en mi garganta?
¿Conservaré en mis ojos sus críticas miradas?
Levanto mis pies cansados para descubrir sus huellas,
Y no veo nada.
Me asomo a la ventana.
La noche observa en mí su propia oscuridad.
Yo contemplo en ella mis despojos.
Me resisto a seguir.
¿En qué punto del camino he desistido?
¿Desertaron, acaso, los que me han querido?
Estoy exhausta.
Ellas, las que me habitan, aguzan el oído.
Me asaltan, me empujan,
Me incitan, me claman.
¿Para qué?, les pregunto,
Si la vela se apaga.
Mis manos ya no tejen destinos en los telares del tiempo.
Son abanicos rotos, despedazados…
Tus manos, me dicen ellas,
Aunque resquebrajadas, revolotean.
Pues nuestras manos, cuando entrelazadas,
Saben enfrentar el viento.
Se tornan alas.

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Una sonrisa en la habitación o Aventura en una noche insomne

Entró por la ventana que, tenía certeza absoluta, había cerrado un poco antes de acostarme. Me miraba con insistencia. Sus ojos eran grandes y oscuros. Intenté pensar, ordenar mis ideas, pero el miedo me lo impidió. “¿Cómo lo has hecho?”, pregunté, sin conseguir morderme la lengua a tiempo. “Sé que la cerré”, musité con un hilo de voz. “Estoy segura de que la cerré”, repetí haciendo un esfuerzo para mantener la voz medianamente firme. En un arrebato me senté en la cama, estiré el brazo derecho y con el dedo indicador apunté la ventana cerrada. Algo me decía que todo aquello era un despropósito y que de nada serviría hacerme la valiente. Intenté visualizar lo ridículo de la situación, pero antes de que yo lograse ver alguna gracia, una sonrisa iluminó la oscuridad de mi cuarto. “¡Estoy segura de que la cerré!”, insistí a voz en grito, cómo si ese hecho tuviese la más mínima importancia.
“Sí”, me dijo la voz que habitaba detrás de la sonrisa, “tú la cerraste y yo la abrí. No sé por qué os esforzáis tanto en cerrar puertas y ventanas, si sabéis que siempre entro en el preciso momento en el que debo entrar. De nada importa el poder que tengáis, ni las poses que hayáis acumulado. Nunca podréis pagar mi precio porque, sencillamente, no hay precio. Os pasáis la vida acorralados por el miedo y enclaustrados en vuestra nimiedad… Lo vuestro, indudablemente, es un auténtico sin vivir”
“¿De dónde salió esa voz? ¿Quién eres? ¿Por qué no consigo verte?” La sonrisa se transformó en una atronadora carcajada.
Tanteé el suelo con el pie para hallar mis zapatillas. No las encontré. Así que, descalza y aturdida, caminé hacia esa sonrisa descarada e insolente. “Si creyese en espíritus, pensaría que eres un duende que se quiere divertir a mi costa. Pero hace mucho tiempo que dejé de creer en hadas, elfos o príncipes encantados. ¿Me oyes? ¿Dónde estás? ¡Respóndeme de una pu…!”.
No conseguí finalizar la frase. Un brazo fuerte me enganchó por la solapa del pijama y me arrastró armario adentro. “¡Suéltame, déjame en paz! ¡Yo no soy Alicia!” “Ni yo la reina de copas”, añadió con guasa la sonrisa.
“¿Seré un gato, quizás una bruja o tal vez un querubín?, declamó la sonrisa, mientras deslizábamos velozmente por una especie de tobogán. “Aunque… sí solo existe lo que se ve y tú no consigues verme, tal vez yo no exista”, reflexionó la sonrisa con ostensible ironía. “Ah, ¡cómo deseáis mi inexistencia! Pero, te aseguro que, precisamente porque no me veis, puedo ser quien yo quiera. Sí, me has oído bien, quien yo quiera, incluso tú. ¿Y ahora, sigues sin poder verme? ¿Y a ti, puedes verte a ti?”.
“¿Yo, verme… a mí?” Sentí que mi boca se abría y mis ojos se cerraban. “¿Cómo así verme a mí? ¡Claro que me veo! ¿Me veo?” El espejo estaba opaco y yo decidí que ese no era el mejor momento para calentarme la cabeza con ese tipo de especulaciones. “¡Me espanta lo necios que sois!”, susurró entonces la sonrisa.
Aterrizamos en un local sombrío y oscuro, cuajado de raíces. “¿Dónde estoy?”, me escuché pensar. Después percibí que la frase que componía ese pensamiento adquiría la forma de una espiral que se erguía y giraba sobre sí misma a procura de luz. Los grandes ojos negros observaban, pero no había rastro de la sonrisa. Incrédula, vi como mis pensamientos se transmutaban en letras que, al girar sobre sí mismas, parecían flotar en el vacío. Sin saber por qué, recordé los crucigramas que hacía cuando era niña. Letras sueltas en busca de una definición, de un nombre, de un descubrimiento. “¿Sería la vida una especie de crucigrama?”, me oí pensar.
“O quién sabe la muerte”, replicó socarrona la sonrisa, antes de ordenarme que dejara los crucigramas en paz y la siguiera.
“No te veo, ¿cómo quieres que te siga? Apenas oigo tu voz. Si hasta tus ojos, que me parecieron grandes, profundos y negros, se confunden con la oscuridad. ¿Posees algún rostro, sonrisa? ¡Muéstramelo!”
“Cuidado con lo que deseas. Sígueme…”.
Caminé agachada, casi de rodillas, sobre un terreno resbaladizo y empinado. Olía a gas metano y a humedad. Telas de araña obstaculizaban el camino y yo tengo pavor de arañas. Ahogué un grito de repugnancia cuando sentí la viscosidad plateada de su trampa de seda en el rostro. Poco después, vi un topo irritado porque no encontraba su madriguera. Aplasté un enorme gusano con la mano y una hormiga me picó el pie. Enseguida tropecé con un escorpión que degustaba tranquilamente una enorme cucaracha.
“¿Para qué bajamos hasta las raíces de la tierra sí ahora me indicas que debemos subir?, pregunté desorientada. “Corre, corre, corre”, respondió con incongruencia la sonrisa. “¿Hacia dónde debo correr?” “Hacia el final, claro. Todos corremos hacia el final”.
“Hacia el final, por el camino finito que conduce al infinito…” “Para de filosofar, siempre llegarás a alguna parte si caminas lo suficiente”, concluyó la sonrisa.
“Es que tu silencio me inunda el cuerpo de vacíos. Tropiezo en mi propio cuerpo. Se me rasga la piel. Procuro en tu mirada una respuesta, pero no la encuentro. Tú miras a través de mí. Miras sin verme. Sin sentir el hueco que me produces. Para ti, no existo y yo, al no sentirme en ti, me voy evaporando.”
“Lo que nos faltaba, una poeta”, añadió la sonrisa, mientras sus ojos, grandes y negros, se iban eclipsando.
“¿A dónde vamos? ¿por qué la prisa?”, interpelé sin saber sí, efectivamente, deseaba una respuesta que, sim embargo, no se hizo esperar.
“Porque el tiempo no está para ser perdido.”
“No obstante”, argüí “sospecho que en ese tal lugar al que estamos yendo el tiempo no existe”.
“¿Quién eres tú para cuestionarme nada?, gruñó la sonrisa sin rostro.
“¿Cómo que quién soy yo? ¡Soy la dueña de este sueño!”
“¿Sueño? ¿Cuál sueño?, preguntó la sonrisa, ahora iluminada, mientras yo, desconcertada, observaba la proyección alargada de mi sombra.

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Entre Desvaríos y Serpientes

¿Y entonces? me preguntó la serpiente de mirada hipnótica, con sus ojos de fuego clavados en los míos, ¿te decides o seguimos esperando? Una manzana revoloteaba por la cabecera de mi cama y yo tenía hambre. La noche anterior no había cenado. ¡Cómo para cenar estaba yo!, después de la bronca descomunal que mantuve con el vecino. Sí, el tío bueno del tercero izquierda. No, nada importante. El muy capullo organizó una fiesta por todo lo alto, al menos en lo que a ruido se refiere, y no se molestó en verificar las invitaciones. Claro está que la gráfica erró el número del apartamento y como no podía ser de otro modo, colocó el del mío. Así que, además de no invitarme, me tuvo toda la noche en un sin vivir del sofá a la puerta y de la puerta al sofá. No me importaría si todo hubiese quedado en un mero abrir y cerrar de puerta. Pero no, los invitados del vecino insistían en entrar a mi piso y, para convencerme, mostraban la invitación. Me quedé ronca de tanto explicar a esa tribu de preppies, que tiene por amigos, que la fiesta no era aquí, que era en el piso de abajo, que bajasen las escaleras y que, para no perderse, siguiesen la dirección indicada por el descomunal bullicio.
Aquel día descubrí los dos seres que habitan en mí. Sí, porque esa chica dulce y algo tímida cuyo reflejo el espejo de mi dormitorio me muestra todas las mañanas; esa a la que le gusta agradar a sus amigos y es simpática hasta con la portera cotilla del edificio, se transmutó en algo duro y violento. Sí, lo juro, créeme. Al mirarme de refilón, el espejo del pasillo me mostró un rostro cruel que nunca había visto antes. Hasta saqué una foto. ¿La quieres ver?
La serpiente comenzaba a marearse. Lo supe porque, muy a su pesar, sus ojos se iban apagando. ¡Cállate!, me dijo. Pero no me callé. ¿Quién coño se pensaba ella que era?
Como no podía dormir, me levanté temprano y, para joder al vecino, puse la música a todo volumen. El espejo del pasillo había expuesto a la luz -aunque parezca una contradicción- mi lado oscuro y yo no quise desperdiciar la oportunidad de ser perversa. Así que, subida en unos altísimos zapatos de tacón aguja, taconeé pasillos, bailoteé cocinas y tropecé en todos y cada uno de los muebles que se interponían en el camino de mis acrobacias mañaneras. Hasta improvisé algunos gorgoritos o cosa parecida.
En algún rincón de la casa, la serpiente reía. ¿Y entonces?, repetía su voz sinuosa dentro de mi cabeza.
Cuando decidí dar atención a la persona que golpeaba frenéticamente la puerta de mi piso, supuse que antes me había telefoneado reiteradamente, una y otra y otra vez. Le imaginé vistiendo un pantalón ceñido que, de tan apretado, comenzaba a mostrar la curva de una incipiente barriga. Le vi frente al espejo peinando la cuidada melena rubia que, día a día, perdía exuberancia. Le visualicé sentado en la cama, gritando maledicencias, mientras calzaba sus botas tragaleguas. Enseguida escuché el golpe de su puerta y, como en un eco, el retumbar del edificio. Luego las pisadas fuertes sobre los peldaños, que subía de dos en dos, la respiración jadeante, el puño en la puerta… Abrí con una sonrisa estampada en la boca y él me miró por primera vez.
Hacía tres años que éramos vecinos y nunca se había dignado a levantar la vista cuando nos cruzábamos por las escaleras o compartíamos el ascensor. Pestañeé un par de veces con ensayada parsimonia y le invité a pasar. Él, sin más preámbulos, entró.
El rostro del espejo del pasillo soltó una carcajada. Desde su escondite, la serpiente también reía. Yo, con un estudiado tono de voz manso y delicado, aunque, tal vez un poco forzado y algo sibilino, le pregunté: ¿Y entonces?
No, no precisé ofrecerle manzana alguna. Él la agarró con avidez y la devoró con glotonería. En lo que a mí se refiere, sigo equilibrándome, con osadía y determinación, sobre la línea sutil que une la dulzura de mi rostro matinal con la vehemencia del rostro que veo en el espejo del pasillo.
Sí, el vecino está encantado. Ahora sus fiestas son aquí, conmigo, en mi casa, entre cuatro paredes. No, la serpiente no se fue, continúa aquí.
¿Y entonces?, me repite incansable todas las mañanas al despertar. Asegura que no está dispuesta a compartirme con nadie y, aunque yo le doy largas al asunto, sé que está cansada de esperar y que, cualquier día de éstos, tendré que decidirme.

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La Madre

Estaba feliz porque su hija había vuelto a estudiar. No le importaba tener que levantarse a las cinco de la mañana para llevarla al colegio, cortar pequeños lujos o prescindir de algunos caprichos superfluos. Su hija había vuelto a estudiar y eso era lo único que le importaba. Se sentía tan dichosa que lavó la loza cantando y ensayó unos pasos de baile mientras barría el comedor. Su hija acabaría la secundaria e iría a la universidad, ¿qué más podría desear?
Fuera tristeza, se dijo mientras pensaba que ya habían pasado cinco años, desde aquella mañana en la que su marido salió de casa para no volver.
Aquel día, como todos los días, se había levantado antes del amanecer para saborear el silencio de la casa y pasar unos instantes con ella misma. Le gustaba desayunar tranquila, leer el periódico y disfrutar de su propia compañía. Pero aquella mañana no había amanecido igual, una niebla densa y oscura se interponía en el camino del sol y estiraba la noche. El grito angustiado de su marido, parecía confirmarlo. Interrumpió su lectura y corrió al cuarto. Él estaba tirado en el suelo, con los ojos muy abiertos y una mano crispada sobre el corazón. Permaneció serena a su lado hasta que llegó la ambulancia. Durante ese tiempo, su hija se mantuvo, rígida y silenciosa, apoyada en el marco de la puerta, sin atreverse a entrar.
Con la intención de tranquilizarla, le dijo que no era nada grave, que desayunase y fuese al colegio con los vecinos, que no se preocupase, que ellos volverían enseguida. Su marido no regresó, la niña la culpó de su muerte, juró que jamás la perdonaría y se negó a seguir estudiando. Vivieron años difíciles cargados de días repletos de reproches, falta de sueño, poco dinero y mucho, mucho trabajo. Ahora, cinco años después, su hija había vuelto a estudiar.
Adiós luto, reafirmó delante del armario mientras revolvía perchas y cajones a procura de algún vestido que hubiera escapado de la tintorería.
No había tenido una vida fácil. El embarazo indeseado a los diecinueve años. El matrimonio apresurado y obligado con un hombre que apenas conocía, aunque, si quería ser justa, debía reconocer que, al menos en un inicio, procuró ser el compañero que ella había deseado. Se esforzó hasta que una larga y penosa enfermedad lo volvió apático, silencioso y solitario y lo transformó en un hombre resentido que la desdeñaba porque la necesitaba y porque la necesitaba la volvía a desdeñar.
Encontró un vestido de flores violetas, lo vistió y se miró al espejo. Por un segundo, borró de la memoria su soledad de viuda y el dolor que le producía el rencor de su hija. Después se miró al espejo con curiosidad. Sí, todo lo vivido había merecido la pena, se dijo con una sonrisa. Por supuesto que valió la pena, corroboró para sí misma. Su hija había vuelto a estudiar. La conversación no había sido fácil, tenía que reconocerlo. Ni ella ni la niña estaban habituadas a desnudar el alma. Pero lo hicieron. Hablaron entre lágrimas y pedidos de perdón. Hablaron hasta quedarse roncas y la noche transformarse en día. Hablaron hasta agotar todas las palabras y fundirse en un abrazo.
Dejó el aspirador en la despensa, se sirvió un café y encendió la radio. La noticia le cayó como una losa sobre el pecho. Entonces vio que el móvil tenía varias llamadas sin atender. En uno de los recados oyó la voz asustada de su hija, “están disparando mamá. Avisa a la policía. Tengo miedo. Perdóname mamá. Te amo”.
En la radio, un emocionado locutor informaba que en el colegio donde estudiaba su hija había entrado un encapuchado con un rifle y había disparado indiscriminadamente contra los alumnos que estaban en el patio.
No puede ser, pensó. ¡No puede ser! Estaba tan feliz porque su hija había vuelto a estudiar. Estaba tan feliz porque nuevamente hacían planes juntas. Por favor Dios. Por favor. Castígame a mí. Ella no Señor. Ella no.
Los vecinos la vieron correr calle abajo. Iba enloquecida, tropezando en los propios pies.
La calle del colegio estaba bloqueada. Agentes de la guardia civil patrullaban el local. Las ambulancias entraban y salían. El ruido de las sirenas ensordecía la calle. Un helicóptero hacía
maniobras de poso. Intentó entrar, sin conseguirlo. Su grito alucinado se sumó a la desesperación de los otros padres. ¡Hiiijaaaa!

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Canción utópica

Un día regresaré
a donde no hay recuerdos.
Vagaré por el vacuo de la inexistencia,
y, agarrada a mi propia mano,
recorreré esos parajes quiméricos que están
en todos y en ningún lugar.
Ese día izaré las velas y despertaré los mares,
para que mi nave marinera surque el infinito.
Sí, un día regresaré
a donde no hay recuerdos.
Seré parte inherente del árbol,
mi savia nutrirá su raíz sinuosa e intrincada.
Estaré en el perfume de las flores,
en la rama que se deja acariciar por el viento,
y en ese mismo viento cuando despeina los maizales.
Jugaré con el niño que retoza en el barro
y reiré con el anciano que ríe,
porque ya se olvidó de llorar.
Sí, un día regresaré
a donde no hay recuerdos.
Me enredaré en la hierba mojada de lluvia,
seré la propia nube antes de la tempestad,
yaceré en los charcos que reverberan la luz del arcoíris,
me abrazaré a la Tierra para sentir su humedad,
también seré la espuma de esa ola que, obstinada,
erosiona su cuerpo acantilado,
y la gaviota que revolotea alegre sobre los tejados.
Caminaré sobre las huellas que dejen otros pies descalzos,
aunque sepa que las mías serán borradas por el mar…
Pero antes de regresar
a ese lugar utópico donde los recuerdos no existen,
un segundo antes de irme,
por un instante,
un instante tan solo,
reviviré con nostalgia
tu abrazo apretado, tu beso mojado y el sabor salobre de tu piel.
Sí, un día regresaré
a donde no hay recuerdos.

 

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